domingo, 31 de julio de 2016

RESOPLIDO

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RESOPLIDO 




se quiebran las blancas paredes en el delirio de la astronomía
y por los establos más pequeños y en las cruces de los bosques
brilla por muchos años el fulgor de la quemadura.
Federico García Lorca




Ruido de luz, dirá alguien con un dejó quizá de anonadamiento. ¿Acaso la luz hace ruido? En medio de los desamparos y desamparados, es posible el fósforo o la luciérnaga atravesando las sienes, quizá las mochetas, o el vómito olvidado adentrándose en las pupilas. Por cierto que la luz palpita en la palidez de las bufandas, en la húmeda colilla de la oscuridad, en las bartolinas de la concavidad de ciertas imágenes amortajadas. “Sobre la cabeza ─dice el poema─ el demasiado polvo de las vigas, el césped seco del crujido.” Allí, los miedos se hacen visibles como la ulcera nasal del polen. Así nos damos cuenta un día de tantos que existe la luz y la sed y los sacristanes y los curas y las putas y los borrachos y los políticos y los analistas de los políticos; uno siente que todo el peso de la vida cae en el bigote o la garganta, uno restriega los bolsillos por aquello por aquello de quien quita y por arte de magia se haga la luz, es decir algunas monedas. “Un día se irá usted y yo. Alguien querrá ocupar los brazos, abrochar el aliento, salir y ver girar la luz sin riendas, saltar y dormir, entonces, sin peligro.” Pero la voz siempre es una sola; la luz igual: grita la luz en los ojos, ella y las palabras no dejan de ser un rictus en medio de las verdades que de pronto se tornan billetes falsos. Un aullido de perros suscita el vuelo. Uno delira recién echa la claridad, aun cuando sea entre bocanadas de niebla y paraguas de dudosa procedencia y enredaderas de salpicados sombreros. Después de los ojos qué nos queda, sino la saliva de la agonía sobre los periódicos maltrechos del país, el trance hacia el despertar. Alguien sueña como yo con salmos, escaparates, vitrinas, piojos, telarañas imperturbables, sin dejar a un lado las sombras del alma, las calles ebrias de transeúntes, ebrias de tantas fisonomías, ebrias de tiliches, ebrias de oscuros heces. La luz. Nada más la luz y su apenas raja de tartamudez. La luz y los zapatos imposibles para caminar esta sequía. Ahora que lo recuerdo, quién alumbra mis párpados, quién asume el ala sin quejidos, quién muere sin su respectiva autopsia, quién sin su purgante, quien naturalmente sin remover sus lágrimas. Todavía hay luces cartesianas en los despojos. Yo solo oigo la luz de nadie que atraviesa los abismos de mi metamorfosis, la roca de agua de Heráclito,  aquello de partir las aguas como una radiografía. De los relojes calcinados levita la herrumbre y el resoplido del galope: el caballo de luz abre las acequias, porque para eso le es dado el transcurrir, el quemarse en el tránsito. En el cristal de los anteojos, nacen las monedas y la sal, la madera y ciertos objetos que luego uno olvida. Con la luz adentro se pueden ver los retretes y las mortajas y los silencios y los olvidos y el país donde uno arrastra los sueños. Ningún golpe sabe a mundo como la luz. Ninguna sonrisa en mejor que la tierra descubierta. Solo la fatiga puede hacer añicos los años, las banderas blancas del aliento, aun el ojo azul de la lejanía, o esa abeja verde del viento estallando en las pupilas. De la aves de rapiña, los libros ilustrados de la cotidianidad, los años que nunca pasan de espalda. ¿Qué agrego a todas las urgencias, a estas torpes iniquidades que se sirven día a día como el plato del día? Siempre llevo comisuras de hambre sin ningún disimulo. Justo en medio del alborozo, lo que antes era imperceptible. Siempre es así, supongo, cuando ya la lluvia, toda, ha sido derramada. 

sábado, 30 de julio de 2016

RAMAS DE HOLLÍN

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RAMAS DE HOLLÍN




En medio de esta claridad inacabada, entre el pecho y el aliento y el ala,
se va haciendo hondo el cauce de las aguas y duro el desfallecimiento.
A menudo uno transita sobre el granito enajenado de la intolerancia:
como las aguas en desbandada la masa informe,
de los remotos fuegos de las credulidades, del frío yerto de las cadenas.
Por momentos sólo es visible la tristeza o la vileza, el rigoroso carbón
de lo inmóvil, la rugosa corteza de la destrucción.
Todo pasa por cierta hipnosis colectiva.
Uno ve el camino de azúcar ensombrecido frente a la lectura gris y árida
de los interruptores: en el pájaro ciego de las sienes sólo va quedando
el turbio contratiempo de los relojes y su picoteo de herrumbre sin sentido,
y su joroba de oscuro centinela y su soledad de cerrojo acurrucado.
Nadie se alimentará después de estas ramas de hollín.
Nadie querrá poner candelabros sobre la mesa en vez de candiles en desuso.
Nadie repartirá sus ganancias después de sus suculentos crepúsculos.
Uno piensa según la comodidad donde duerme.
Después de todo lo que ya he visto, sólo quiero ascender de las alcantarillas;
los arcoíris sordos me robaron la tranquilidad al punto del insomnio.
De la noche sólo me quedan las esquirlas de los grises.
No quiero volver a los fósiles de la opacidad y la lengua encadenada.
Entre tanto crucifijo de espinas, uno le tiene miedo a la sombra de los umbrales.
Por cierto, nadie se extraña del embudo ciego que nos alumbra.
Barataria, 03.VI.2016

jueves, 28 de julio de 2016

EXTREMIDADES CIRCUNCIDADAS


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EXTREMIDADES CIRCUNCIDADAS




En las extremidades circuncidadas del fuego, la escoria ardiente de la ceniza.
Debajo de mis ojos, los caballos grises de la humedad y la sombra.
La leña quemada es inminente en la noche, sólo los destellos de la oscuridad
y el humo denso como esos nombres amenazantes al filo de la penumbra.
Hay dispositivos que cortan hasta el último tramo de eternidad.
Cada quien dibuja o desdibuja sus propias exclamaciones a la hora del vuelo.
Cada quien camina en su destrucción, sediento de telarañas o de claridades
que sólo él puede llevar has la última piel del vestigio.
Estrujado el ojo, hay aguas peladas que quedan por verse en aquellos follajes 
invadidos de la nada. Los espejos también tienen sus límites.
Hay también emasculaciones más allá de cualquier inocencia: la historia castra la madera desde su semilla y solo deja las cortinas para espantar mosquitos.
Pareciera que todo el pálpito cabe en el fondo de algún cenicero; nunca existe
la vida real, sino esa que inventamos al cruzar diariamente el calendario.
Pero qué es la vida real, ¿acaso esa porción de irrealidad soñada en la infancia,
la claridad adormecida en el cráter que nos deja el vértigo?
─Por cierto, nunca supe hacia dónde van los raptos, ni qué mirada tiene
la noche degollada después de todo, ni con qué números desollados puede
uno jugar a la buena suerte, ni quiénes desmoronan la demencia.
Existe una herida profunda que únicamente  se ve en los sonambulismos.
¿A qué se juega cuando todas las aceras están desangradas?
De estas cosas dan cuenta los lavabos, cuando alguien se limpia las manos.
Ignoro si un tribual de conciencia puede darle una lavadita a los pensamientos.
Barataria, 01.VI.2016


martes, 26 de julio de 2016

EN EL SENO DEL POEMA

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EN EL SENO DEL POEMA




En la gota de frío de la ventana, la respiración y su dudosa sed de ojos.
La espina de los cansancios ha deshojado casi todo el árbol del calendario.
Como mi palabra tenue, el cielo falso del poniente y sus largos brazos
de dolor: uno siempre está invadido por un puñado de carcajadas,
en medio de la disputa de algún sueño.
Uno va, cada día, desenterrando las ojeras flotantes de los espejos; debajo
de los trajes de la aridez, las mascarillas y los signos zodiacales de la moral
y sus piedrecillas de sombras inminentes.
(A menudo nos quedamos absortos contemplando la historia de nuestros sueños, 
las edades inciertas de las paredes, el semblante de una lágrima
antes de rebasar el mapa del aliento y sus monedas de agonía.
En algún lugar, el ojo de la llovizna rendirá sus frutos: allí la rosa de agua
y sus mástiles, el imantado diálogo de la locura.)
De seguro en el seno de la poesía, es perfecta la llave de luz del alba.
La verdad, siempre estoy espantando los moscardones de la mesa,
o la metamorfosis del abismo en un candil inmenso de caricias y sin tizne.
Me distrae el paisaje de los sótanos, o la sombra amordazada del eco,
los cuerpos ciegos posesos de no sé qué grietas y confusas salivas.
Entre el clamor de lo irrevocable, el pájaro verde del fuego: la palabra
y su historia de conquistas, el caballo de los ecos, el asedio de puertas.
Todo nos pesa en la sal incesante de la tarde que desgasta nuestras manos.
Barataria, 29.V.2016

domingo, 24 de julio de 2016

ÁPICE DEL ALFILER

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ÁPICE DEL ALFILER



A lo lejos
Una hoguera transforma en ceniza recuerdos,
Noches como una sola estrella,
Sangre extraviada por las venas un día,
Furia color de amor,
Amor color de olvido,
Aptos solamente para triste buhardilla
Luis Cernuda




Uno puede entender todas las furias, los sarcófagos, el universo bocabajo y con mal de ojo, la disentería en bocanadas de ceniza, o el vaho de las hachas sobre la piel, un leve roce de mundo adolescente sobre el ápice del aliento, entre los tantos callejones del holocausto que vivimos. Uno siempre quiere dispensar el dolor de las muelas cordales, o la colitis que hace lóbrega la eternidad. Después de repensar tantas veces mi niñez, “La lluvia siempre acaba siendo conmovedora, presentida en su carpintería…” No sólo es el muro físico, es el muro de la conciencia, los baúles de impotencia que huyen de nuestras pupilas, las púas del país que se adentran sin ningún desconcierto. El mundo exterior y la actividad psíquica nos dan una visión de percepción y memoria, de conciencia generalizada frente a lo que es en tanto susceptible de conocerse. Ante todo debemos pensar en cada una de las negaciones a la propia existencia, a los detonantes de la violencia y las asperezas. De cada situación causal, emergen esos trajes de los cuales el viento hace jirones; duele la gravedad de la sombras, duele no desmentir las sombras y su frontera emocional con la noche. La tristeza es vasta y rebasa las geometrías de la lógica. No sé si la entraña pueda soportar más muertos, los muertos del futuro y su analogía con el presente, los muertos como una limonada incólume, la desvergüenza como neutralización del oprobio y la mentira. Quizá un día sólo seamos muros y tierra y cementerios, dentaduras abandonas en los vertederos,  sólo la mueca del cansancio, donde nadie transparenta respiración alguna. En esas largas filas de la repugnancia, flotan degolladas puertas y ventanas, y enajenadas semánticas de la imaginación. No sé qué decir después de releer algunas cosas de Carl Jung. No sé qué decir de las ubicuidades, ni del cierzo que me cae en la nuca como un viejo clisé. No sé qué decir de los excesos de invierno y evangelios, si no tienen valor para jugar a la buena suerte. No sé qué decir de Príamo, ni de Hécuba, ni de cómo tildo la penúltima zancada de Aquiles. Siempre resultan increíbles las regresiones y todos los riesgos que conlleva traducir las semanas, fumar kilómetros de tabaco y escuchar un blues, por ejemplo, acurrucado en el taburete del sinfín. Dicho de otro modo, así se sucedían antes los fusilamientos; de aquélla a esta época no ha cambiado mucho, salvo las municiones y otros artefactos que provocan ciertos monólogos en el moribundo. Ignoro al detalle cómo son los juicios sumarios. Siempre llevo mi encendedor por si acaso, ese otro instrumento para darle fuego a los ídolos. Hay un polvorín de fuerzas ocultas y oscuras, fuerzas sensibles a las leyes gravitacionales, fuerzas incluso reverenciales al público. Yo escribo realmente entre momentos de confusa artillería, y entiendo que a veces mi vitalidad es torpe. Juro que es aburrido saber que hay personas que te leen por mera confusión incomprensible. Te leen, ¡joder! Y arman toda la teoría de la conspiración. A través de tantas películas deformadas de la cotidianidad, lo previsible es la paradoja, el mal aliento de la lógica transgresora, el desbordamiento emasculado de los genitales, la sintaxis desacreditada del hollín. Al final, sólo al final me doy cuenta de algunas cosas: la complejidad asfixiante de una abeja, las posibilidades de escribir un largo poema en el ápice de un alfiler, morder las tardes quemadas de los bejucos, hasta la cortina sin rostro de los rascacielos. Me apresuro. No quiero que los automatismos, acaben con este juego en resumidas cuentas. Nada ni nadie puede aniquilar un poema, ni siquiera la indiferencia. Siempre hay que mirar despacito los panes que trae la aurora.

viernes, 22 de julio de 2016

ECO DE LA NOSTALGIA

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ECO DE LA NOSTALGIA




Para Pere Bessó y Gregorio Muelas Bermúdez




En esa otra parte del poema en cuya página transformamos lágrima y cierzo,
hay ojos oscuros como el asco y los vacíos provocados por el desvelo.
Uno se arrima de espaldas a las paredes sólo para mirar tantos imposibles
y que la piel suture las heridas provocadas por el grafiti.
Salpicado de bestias y fotografías, las tantas colillas desabrochadas del tabaco,
o el pulgar de piedra suelto del infinito.
Al lado del grito del pájaro, los excrementos disecados del paisaje, ciertos simulacros 
y la desproporción del día en la boca: uno intenta salir ileso
de los andenes, salir de los afilados dientes del calendario, ocultar los relieves 
del páramo en el cántaro de barro donde se encuentran simplemente fósiles.
Resulta arduo el más acá de los encajes mortuorios del hastío.
Siempre me pregunto qué hace un loco contemplando los platos y tenedores
con el ápice de su desaforada carcajada,
qué hace del centelleo de las luciérnagas un rascacielos, o un fuego de números ahumados por la niebla despedazada de las calles.
Del otro lado de las miradas, el castillo de naipes de los adivinos
y sus truculencias, el pacto de las costurerías y los espejos, o los espejos solos
y su historia de ventanas grises.
Uno, ─por cierto─, sigue caminando alrededor de las antinomias.
(A menudo se repite el mismo puñito de sombras como dioses sedientos
de universo; en la escena decapitada de la fosforescencia, algún fuego
como piedrecilla en los ojos. Déjame aquí junto a los ecos de la nostalgia.)
Cada sombra tiene caras ilusorias, nombres que nos golpean hasta
el cansancio de lo desabrido. Mañana, sólo, la rebeldía del poema y su filo.
Barataria, 2016

miércoles, 20 de julio de 2016

SOMBRA TRANSITORIA

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SOMBRA TRANSITORIA




Nadie mejor para saber de la sombra transitoria de la luz que el tiempo.
A veces es implacable y audaz como el pájaro colgado del rocío.
Ante el ojo convoca la oscuridad del mundo y los dientes embriagados
de cansancios: al final lo efímero se hace una eternidad.
Uno vive en esa sospecha permanente del éter resbaladizo en la conciencia.
Al rumor de las palabras, la sombra del cactus y su rostro en el polvo.
En el goteo indemne, la pupila raída por el rayo de luz.
Mientras amanece el aliento recorre la oscura calma de los muros;
declina el pecho frente a la sangre abatida.
Duelen las páginas de la memoria manchadas de cadáveres, el calendario 
nauseabundo de los desvelos, los trajes interminables que se repiten
en los féretros, el relámpago de circunstancias que agria la boca.
Toda la luz llora su defunción en los relojes.
Duelen las rodillas ante la ira de la hojarasca: el grito rueda en la masilla
de humo del avispero, en el pinchón que nos deja encarnado el colibrí.
Crecida en la dentadura, podrida en el extravío de los ombligos, desnudamos
la madera para hacer visible el puñito de arrugas de la sombra.
Debajo de las fotografías hay vacíos de aceras y gastados candiles
de esa otra historia donde hasta los saltamontes se disecan.
En cuanto a la sombra transitoria de los girasoles y los crisantemos,
sé que después se confundirán con el musgo, junto al paraguas de algún retrete.
Dentro del morral de la espuma, ninguno es duradero…
Barataria, 26.V.2016

lunes, 18 de julio de 2016

LA LUZ, NO OTRA COSA

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LA LUZ, NO OTRA COSA




En el seno de lo azul, la noche embriagada sobre las azoteas. Nada es razón
sino locura, el roce casi olvidado de la piel y la puerta que retiene el torrente
de los tantos caminos y sombras para alcanzar la lejanía.
No otra cosa, sino la luz hasta perderme en su desesperación.
Todo guijarro es una pocilga en mis zapatos: el tren polvoriento de la memoria,
los despojos estivales de la tormenta, el viento azotando el bulto
de mis cenizas, como hoy a tientas con mi carne.
A veces me atrevo a caminar en medio de los muros de la niebla; mientras
la sensación del día persiste, me escapo de los ojos profundos la violencia, 
aunque luego retorne a la demencia.
La hojarasca, de pronto, se mueve en medio de la luz como cualquier pájaro.
Por la boca del candil, veo que se escapa el mundo de los muelles.
El ojo se cansa del suplicio. Veo los umbrales desangrados, las arcadas de  sed,
los pañuelos hechos nudos siempre por los que parten.
Lavo mi cara y la noche de plomo, ávida como el diluvio del crimen.
Tantas artes desmedidas al filo de lo indefinible: existo tal cual el hollín, el asco,
el desnudo carbón embriagado de fuego.
Vengo del caos y sus cansancios, vengo de la fatiga del ocote, vengo de ciertos 
puertos memorables: el sueño y sus lunas insepultas.
Vengo de la sepultura de los espejos y de tu carne ahogada en mis manos.
Vengo del principio de lo inmóvil.
Vengo de lo hondo del ritmo de tu desnudez: danza el aire, huelo su paroxismo.
Sos vos la que abre mi aliento para mostrarme el símil del caracol, 
el cráter dócil del poema, la luz, no otra cosa…
Barataria, 2016

sábado, 16 de julio de 2016

CONCAVIDAD ESTÉRIL

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CONCAVIDAD ESTÉRIL




En la concavidad estéril de la sombra, las coyunturas solas de los vacíos.
El horizonte hundido nos avienta hacia el fondo sordo de los fósforos:
Años de caminar en el mismo sitio, aquí, allí, a veces a tientas, descubriendo apenas, estas siempre imprecaciones de los ahoras.
Nada nuevo, sino el mismo catecismo destrozado, agolpados los bultos
y los muros, los rotos juguetes de la infancia.
Hay siempre huidas profundas como el luto silencioso del pájaro de la noche;
en alguna piedra, el rumor de la piel y los ojos inexplicables del aturdimiento.
Desde el sonido ahuecado de los cascos del calendario, el dolor largo
como una sombra de cuchillos, como una brisa adusta sobre el pecho,
honda la desnudez que no se agarra con la sombra de los dientes.
Ningún rastro pronuncia palabras nuevas.
¡Hacia dónde este pálpito asido con las manos?
Está cerca aquel silencio que se pliega en la concavidad de las horas.
Existe otra bóveda en las esquinas del aliento. Existen otras asfixias, claro.
Los delirios también son ojos que quieren tener alas u otra sombra igual, quizá, 
a la sombra de la realidad: en cada rincón despilfarrado de las ventanas,
conviene dejar a un lado los muertos,
dejarlos en otro espacio inmóvil de paraguas, hasta que reciban
toda la eternidad posible, sin desesperación, ni llantos.
Después sólo hay que bajar el telón y guardar los ojos en alguna oscuridad;
dejar que el olvido nos recuerde en alguna operación matemática…
Barataria, 2016

miércoles, 13 de julio de 2016

TRAVESÍA DE LA LUZ

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TRAVESÍA DE LA LUZ




Es cierto que no cabe en las manos como las migajas que sobran en la mesa.
Trenes de luz devoran el tiempo al igual que los sombreros rutilantes
del porvenir; gira sobre el confín el pozo de la conciencia.
Uno ve en el horizonte toda la fuerza de las miradas  que atraviesan el caos,
los secos brazos del color, las noticias que cambian rotundamente el paisaje.
En cada ventana se hace presente la anemia de los párpados.
En cada avalancha de luz, las oscuridades visibles del vacío.
En la ebullición de los despojos, la acuosidad del cuerpo en las esquinas.
En la luz de la deriva, hasta el sexo se nubla en perspectiva: todas las calles
se asoman a lo extraño, a los ángulos que forman las telarañas,
al disfraz que nos muestra la hipotenusa de los murciélagos en su apoteósica 
polución de vuelo incierto. El perro del escombro lame los zapatos.
A veces todas las sombras se nos iluminan de lejanías.
Ganamos o perdemos en las vestiduras del fuego.
Debajo del cuerpo la tierra hace visible sus interrogaciones, los trenes ─digo─ confundidos del deshielo, las formas diversas que atraviesan los sueños.
Durante pasan las aguas amarillas de la certeza, la lluvia borra mi itinerario;
y vacía el pecho de su copioso aliento y de sus nudos ciegos.
Cuando de nuevo la luz atraviese todo el sendero de las sienes y la memoria,
le habremos quitado ─quizá─todo el moho a las palabras.
(Entonces serán las dos manos juntas, una sola fuerza para desvelar el misterio.)
Barataria, 21.V.2016

domingo, 10 de julio de 2016

HILVANES

Imagen cogida del bol de Ana María Chiquito
 (elhabitatdelaspalabras.blogspot.com)





HILVANES




Mientras descanso del invierno, una almohada de tristeza se apodera
del tiempo. (Supongo que no hay inocencia en la miseria, pobreza, injusticia,
ni un tren que derribe las paredes sin ser trompeta.)
Hilvano papeles viejos como mis manos de cansados silencios tal ese repentino
 litoral apretado en la piel: la pulsación denuncia el cuerpo de la escritura.
Existe un aluvión de pespuntes en la escoria formada en los dientes.
Alguien desde cierta oscuridad estridente, devora los hilvanes que dejan
las navajas, la proximidad laboriosa que nos dan las arañas,
o en todo caso, el sordo aire rastrero de los insectos.
La sombra de la aguja capotera, hace del aliento trapos descoloridos,  
y despojos donde flamean bañeras para paralíticos y cuervos de hilarante 
obscenidad e insomnios irreparables.
Uno va mordiendo la hojarasca que se revela contra el cielo.
Sea el poema o el espejo, vierten allí, todas las miserias y sus caminos oscuros, inmundos, detenidos apenas por degolladas sombras.
Hay hilvanes que son interminables como la corona de espinas y su rudimento.
Nadie apacigua el galope ante el paisaje de frío que muerde el búho.
Uno acaba siendo la alegoría roída de la niebla,
el número impar de los escalofríos, o el simple vómito de lo implacable.
En el próximo viaje de los murciélagos, las palabras rectangulares del futuro
y su variante de aguas enfurecidas y su gran sueño de saliva.
Por si alguien lo duda, los hilvanes resultan ser más expresivos que los peces,
los trenes, los chuchos callejeros o el ave que mutó y ahora berrea…
Barataria, 2016

jueves, 7 de julio de 2016

CRECIMIENTO DE LA DUDA

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CRECIMIENTO DE LA DUDA




Desde las múltiples distancias los ahogados cuadernos de la duda y su aridez
de inexplicables cadáveres.
Crece el animal en el brebaje del paleolítico, ¿es de nadie el olfato que aúlla
e irrumpe en el desequilibrio de las pupilas, en los juegos perversos de la ruta 
del tiempo? ¿Qué identidad buscamos en los cardúmenes de los ataúdes?
La diafanidad suele perderse en los zumbidos de la decrepitud.
A más discursos damos como ciertas las espinas o la espuma.
En el último vagón de las semanas, es incurable la alegría, salvo los maniquíes.
A cada hora pintamos velorios y circuncisiones.
A cada hora, sólo nos queda el hueco del sexo irreal en las moscas profanadas.
A cada hora, nos muerden las enredaderas de la oscuridad y su espinazo.
A cada hora, sólo la temeridad de la duda y sus despavoridas plumas.
Uno vive en medio de los disfraces de la rosa y sus epitafios.
Mañana beberemos la agonía en lunas de alquitrán, entonces empezaremos
a descender hasta el desfallecimiento total.
¿La cruz de ceniza de la frente, es la cruz del pájaro calcinado por el aliento?
¿Puede el insomnio convertirse en sortija después de ser esa tinta del destierro
moribundo en las paredes de los ahoras?
Casi que me extravío en mi propio aliento. Debajo de mí, la gota de precipicio.
Sufren las palabras debajo del filo del polvo: el vaho es una suerte de estiércol.
Una piedra resulta más liviana que estos cordeles de la congoja.
─Vos sabés que sobre la verdad, hay uñas y agujeros de bisagras…
Barataria, 17.V.2016

lunes, 4 de julio de 2016

EXTRAÑEZAS TROPICALES

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EXTRAÑEZAS TROPICALES




Entre los pájaros cuadrados de las sombras, el roce abisal de la extrañeza.
En la gimnasia del sol, de seguro la costumbre de los falsos rezos,
la niebla endeble del sollozo,
los pespuntes de cartulina tapando el cielo, o un razonable tren de tabaco.
Igual: todo huye aquí como los nombres vírgenes en medio de las letras
del viento, como la actualidad retratada en la mecanografía invertida
del aliento, igual al grafiti que escarba alrededor de las vértebras.
En la cal viva no existe ninguna compasión de horizontes, ni sombras diferentes 
a los muros donde gravita impune la herrumbre.
La memoria ahueca los discursos análogos de las ventanas.
Gravita la estrechez de las agujas en la palma de la mano: florece cada día
la piedra del olvido, o lo que es igual, la muerte y sus metales grises, los nudos 
de hierro de las ideas nuevas, las dudas que torturan el cuerpo, como collares
y abanicos para la práctica del sado masoquismo.
Uno vive a diario con una lluvia de mentiras hasta el cuello.
En todo tiempo hay llaves mutiladas y otoños mordiendo harapos.
Mientras llueve el olvido, éste entonces apuñala los ojos.
Ahora sé que el suplicio nunca se jubila y que el patriotismo es otra manera
 sutil del engaño; otra tristeza tan fría como la miseria.
Sólo debajo de la tierra uno está feliz junto con la alegría: aquí, uno sabe que
puede enamorase de la muerte y no del diente disecado de soledad.
El alguna página de otra parte, de seguro la oscuridad no posee chimeneas,
ni manuales para aprender la sintaxis de los paréntesis…
Barataria, 16.V.2016

viernes, 1 de julio de 2016

SIN OJOS AÚLLA EL CÉSPED

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SIN OJOS AÚLLA EL CÉSPED




Sin ojos aúlla el césped sobre la polvazón de las ventanas, sucias las calaveras 
de barro del zumbido vertiginoso de los cementerios.
Allí, la otra Nada. Los murmullos castrados de la noche, el último segundo
de la asfixia y su nariz sin la fosforescencia de los espejos;
en medio de la fosa y los cuchillos, el escapulario con su extraña parsimonia
de circunstancial elegía.
En el total revés del oleaje del césped, sólo las manos del resuello,
los repentinos cementerios del extravío, la mueca del vértigo
desde el desequilibrio de la saliva, desde aquello hermosamente absurdo.
Un día será necesario vaciarnos los ojos, abrir con parsimonia el entramado
de los ijares, de los techos, de los horcones, morder la piladera sinuosa
del cuerpo, cortar el cordón umbilical de las alabanzas,
vaciar en el aguamanil toda la modorra encalada de las piedras, las vestiduras 
de peltre, las verjas de la infancia, o simplemente quitarle la colilla al acordeón 
de los poros, hasta dejar adentro la piedra y los ojos.
Uno puede plegarse al gruñido de los chiriviscos, al clavo de olor suspendido
en las telarañas, o simplemente seguir el orden de las cosas.
Uno puede caminar alrededor de las esquinas de lo indefinible, morder
la agitación de la flama, el humo que deja la dentellada de los cráteres.
(No siempre tenemos más antorcha o divisa que arder en medio de las colillas;
yo estoy de este lado de donde se encuentran los ungidos: sigo siendo
la sombra, sin estandartes, de mi propia sed)…
Barataria, 13.V.2016