martes, 30 de agosto de 2016

MAL DE OJO

Imagen de James Nachtwey





MAL DE OJO




He descubierto en la simetría
la raíz de mucha iniquidad.
Pero están sordos los serenos
y a las dos de la noche es honda la grieta del mundo.
José Moreno Villa




En la imagen desorbitada de las pupilas, esa huella infernal de los mosquitos, los dedos insólitos de las huellas, o la huida donde no existen analogías. Uno es, de pronto, ese rocío que se disemina en las ramas del aliento antes de caer a tierra. Hay heridas del tamaño de la palpitación de los bejucos, heridas claro que no restituyen los sueños; nos muerde el diccionario perenne de los lavabos, los insectos subiendo al espejo del sexo, o las aguas bajando como un inventario de piedrecillas del ocaso, de los rincones tristes donde juegan los niños pobres. Yo no puedo sentarme a la mesa de la indiferencia, ni dejar de pensar en la rosa crecida de la esperanza, ni en las telarañas que invaden fortuitamente la agenda del día. Esta humedad del abismo es altísima. Esta jaula de balbuceos es enorme. Uno se harta de todas las alas entumecidas del presente,  se harta uno de la boca adherida a la noche, de las lenguas de sal en los extravíos de este incendiario mundo de muecas, mundo de lágrimas: el mal de ojo crece galopando sobre las aceras, ciego de puñales y miradas, ciego de glorias miserables. Los ojos terminan gastándose en cada pedazo de ciudad, en ese velatorio permanente de luciérnagas donde se calla y se abrazan los barullos. Irnos, quedarnos en la fosa común de los relojes oxidados de este tiempo, morder las uñas sepultadas, masticar los pequeños insectos que habitan en las hostias, hasta el punto de morder la campana del dolor enmudecido. A menudo, uno necesita degollar todo el pus de las incoherencias e inconsistencias, quitarle la caries aguda a los meses, rezarle un padre nuestro a las arrugas del país. Alguien, sin mayor reparo, quiere descubrir el enigma en el reloj genuflexo de los genitales, en los cuchillos cansados de viudas, en la palabra obscena de un pañuelo carente de muecas, en la rosa de piel de un tatuaje de pájaros. No hay tiempo para dilucidar un tropezón de sordomudos, ni vinagre para ablandar anteojos. La alegría junto a mis heridas no es posible. Nunca se pueden revocar las sentencias del fuego, ni las de la lluvia, ni aquellos territorios donde se perdió todo el decoro. Alrededor, la cobija rígida de los alfileres, todo el invierno vivo de la niebla y la ceniza, el país rabioso de enjambres y células, fecundo de suplantaciones, terrible de sombras laboriosas.  Y sin embargo no pasa nada en esta fiebre de fríos candentes: recién me encuentro con un canasto de palabras muertas, con un dolor de ahogos definitivos, con una ciega tormenta de locomociones. Sé que la madera ha absorbido todos los brillos de la noche. En la curva de la saliva se despedazan todos los árboles fosforescentes de la flora nacional; arden las costillas después del agobio: en la mirada los sellos postales del vuelo, las piedras errantes del sufrimiento, los huesos en su cáncer de terror. Uno oye de rodillas a los ojos, la dura letanía de colmillos, el tren de sal que golpea las mejillas, el petate oxidado de la lengua. De pronto, me toca morder los monosílabos y las interjecciones, esa última moneda a punto de sepultarse; respiro sin alcanzar, a veces, la campana de los ovarios, la tierra alzada, áspera de ardor. Siempre me salpican de bocas los zapatos. Aspiro los aguijones del musgo, con su ardiente ropero de aguas tetelques. Al otro lado de la almohada, esa noción subterránea de la esperma dentro de la luz de tu sintaxis. Arden los relámpagos cuando se desprenden de la boca. Arde la montura de cada palabra. Arden las manos mientras busco las fotografías. Sí, en la altura del país, me cuido de los ojos y el bolsillo…
Barataria, 01.VII.2016

domingo, 28 de agosto de 2016

A MEDIODÍA, SOBRE GIRASOLES

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A MEDIODÍA, SOBRE GIRASOLES




Sobre las espigas desvanecidas de la eyaculación, la saliva y los estornudos
de los girasoles, el desvanecimiento súbito del aliento,
los patios amarillos de la salmuera sobre cada girasol tendido en la peineta
del mediodía, devasta la incandescencia del horizonte, y su centenar
de hemisferios girando alrededor de las pupilas.
En el falso espejo de los eclipses ahogados, el eco indefinido de las moscas muertas 
y su atormentado abdomen, y su vuelo de sol ardiente.
A mediodía, sobre la contorsión  del cristal hinchado del viento, el grito ciego
del jadeo a la luz de los zapatos desandados: abajo los descensos y los pequeños 
insectos con su filo mordiendo la geografía,
esa otra región indeterminada de los orgasmos donde palpita el pabilo.

Todo lo irracional es una voz seductora, una tempestad inolvidable.
Ahora o después, pintamos los relojes mudos del mediodía en declive.
En el ruidito que hacen las palabras, el aroma de selva del color, el oro
de la fiebre, el mimbre musical de los poros en plena faena.
El mundo es todo lo que caminamos incluyendo la cerradura de la noche,
los ahoras eternos en los anillos de los ojos.

Casi quedan colgadas todas las tiras de los pensamientos en el espantapájaros
oscuro de la sed: allí todas las viscosidades de la patria, el lomo mísero;
abajo, la página del océano, todos los pétalos abiertos para desangrarse.
Adoro esta depredación parlamentaria, sin derogar  la ley de inquilinato.
Los párpados se ramifican en cada convulsión del fuego…
La eternidad, por cierto, es sólo para las estatuas y el viento.)
Barataria, 29.VI.2016

viernes, 26 de agosto de 2016

MIENTRAS ESCRIBO

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MIENTRAS ESCRIBO




Desciende al vacío la respiración impregnada de cansancios, el camino
abajo de los desenterramientos, las esquinas amontonadas del polvo:
alguien ríe, después de todo, con los ojos engullidos de la misma oscuridad.
Uno se estriega las manos como para invocar un poquito de esperanza.
Ahora el horizonte supone otras hazañas, no menos cherches que las encías,
no menos moribundas que los adioses.
Durante las mañanas cruzan los ojos fríos ataúdes y viejas ansias
del tiempo fenecido: uno no le puede ganar unas monedas al abandono
y al destrozo, al ojal demasiado crecido de las aguas.
(A menudo, nadie responde cuando también mueren ciertas palabras:
la palabra misericordia, por ejemplo. Suelen ser tristes y amarillos los abanicos
que soplan en el viento, los inciensos impregnados en la historia.
No creo en la sombra del árbol, sino en la órbita magnética de los amuletos,
en la limpieza no proscrita de la ropa.
En el fondo, sigo sin decir palabras, sigo quitándole la costra a la saliva y sacando peces 
de la tinta y hurgando en el ojo de las esquinas.
Es difícil, pienso, estar muerto frente a unos brazos que uno quiere.)
A menudo, las sombras se internan profundamente en los ojos: toda una vida
en marcha siempre, arrastrando zapatos y pestañeos,
abandonándose uno a la suerte hueca de las semanas, donde nadie importa
a nadie, salvo el ijillo que provoca la desnudez de lo notoriamente viciado.
Ya alguien me lo había advertido: nada bueno hay en los caminos…
Barataria, 28.VI.2016

miércoles, 24 de agosto de 2016

ANGUSTIAS PROLONGADAS

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ANGUSTIAS PROLONGADAS




Todo mundo sabe que duelen ciertas palabras y también ciertos escombros.
Las calles me recuerdan la deshora de las brújulas y la niebla urgente
del desvelo en momentos en que es preferible saltar sobre los crucifijos
de los muertos que deambulan con las venas rotas de su zozobra.
Crece junto al cántaro de barro la mosca dura de desechos y el grito fiero.
En el pantano de la ignominia, siempre los miedos creciendo en lo hondo.
Cada acera es un pantano de ojos.
En la arcilla de la angustia, el musgo socava la dureza de los párpados.
¿Dónde quedan finalmente todas las heridas de lo cotidiano?
¿En qué piladera machacamos o trituramos los terraplenes asfixiados
de la transparencia, el sinsentido de los engaños, el tiempo y sus crímenes?
Me sumerjo cada vez en los hoyos del harapo.
A veces el desprecio es peor al silencio de un cayado.
Aprendí desde la intemperie el fervor ávido de los dientes y lo descarnado.
En los jirones del dolor, uno va mordiendo la dureza de las soledades,
y ese aire marchito de los chiriviscos.
Con una espina en el aliento, el ojo vacío de los bolsillos.
Un puñado de muertes, asolea el camino: suda el contraluz desde la oscuridad 
de las heridas, desde la sorda resignación al espejismo o a la ira.
Aquí fui pulverizando las mortajas y sorbiendo los troncos de la madera:
al final, los estragos me obligan a izar el puño de tristeza que habita en el dolor.
Barataria, 25.VI.2016











lunes, 22 de agosto de 2016

BALCONES EXHAUSTOS

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BALCONES EXHAUSTOS




Tenemos en el extremo del silencio, los horizontes despojados por la locura,
y los balcones exhaustos, innumerables de la deriva, ávidos de sombras.
El horizonte cincela todos los imprevistos del olvido: cuelga de la lejanía,
la tormenta del circo de la perennidad, la lengua que socava en el galope,
los acantilados erizos de la piel.
En medio del escombro de los párpados, uno acaba por llenarse de piedras,
regresar al taburete desasido, morder el hollín acumulado alrededor
del pabilo, rasguñar los columpios de la muerte, sostener la garganta
en una hebra o gota de desesperada dentadura.
(Ya he visto florecer todo el nudo de los grises. He mordido el eclipse del asfalto,
aquella cara que mordió en secreto mis raíces hasta el punto de ya no vivir.
El tiempo repentinamente nos hace ciertas concesiones: de una sombra a otra,
nos vuelve ciegos la ebriedad, gira la hojarasca sobre las ramas del insomnio.
Ante ciertos espejismos, enmudece el decoro que producen las distancias.
Ignoro hacia dónde van los balcones.
Ignoro de pronto el destino de mi sed y la mano prodigiosa que absuelve.
Ignoro si la ceniza es capaz de desnudar mi memoria.
Ignoro si también el volumen del ala de pronto se torna en olvido.)
A menudo el vaho confunde el sopor de los espejos, los ojos cerrados
con los que se mira, esta siempre extinción de mi mundo.
Ahora me toca canjear de nuevo los balcones, por la sombra y su capricho.
Barataria, 24.VI.2016

sábado, 20 de agosto de 2016

ROTACIÓN DEL ENSIMISMAMIENTO

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ROTACIÓN DEL ENSIMISMAMIENTO




Todo es como el círculo en llamas de los trenes inalcanzables del zodíaco.
Ya hemos acumulado hasta la saciedad los pocillos curtidos de la piel, mientras 
la respiración sigue inhóspita en lugares como las alcantarillas.
Ya hemos masticado todas las arrugas de las viejas obsesiones ideológicas;
es extraño que las alambradas corten el resuello y muerdan con sus uñas
de sal todo el sinfín promisorio de los trenes.
Entiendo que el vértigo suscite tantos extravíos como el azar mortuorio
del arrullo y su percudida llovizna de sepelios, ruta del viento y la noche.
No hay ninguna abstracción en estos cirios de la niebla, sino esta preeminencia
de centelleo y alucinación, de oscuridad y barbarie.
Desde el interior de los absolutos, emergen los juegos perversos de la rotación,
los sombríos prostíbulos colgados de los horcones de la medianoche,
la tan cerca desnudez de la asfixia,
y su olfato de galope y mudanza en el mismo sitio del ojal de los azafranes.
Ya de todos los afeites y pelucas, prefiero el filme negro del desollamiento:
uno se cansa de morir todos los días alrededor de las mismas esquinas;
nos asalta el vómito con su grito de obsesos laberintos, el búho de la tarde 
mordiendo el aliento en su vívida agonía de cadáver.
Nada puede pasar ya, después de las pirotecnias políticas: en la calavera
de los relojes, asoma el hedor insoportable de la comedia de espectros.
Es casi seguro que veremos un día de estos , usted y yo todavía al ciempié
oscuro de los sueños, como una enredadera en la fogata de nuestros brazos…
Barataria, 22.VI.2016

jueves, 18 de agosto de 2016

VESTIGIOS

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VESTIGIOS




En el puntapié mortífero de los vestigios, el pétalo de polvo y su barniz
de blanca talabartería. El antiguo pájaro de piedra en la piladera.
O el agujero del tabanco buscando la identidad de los sueños, carcomido
si se quiere, por todos los kilómetros arrugados del mimbre.
Tal vez en las esquinas del umbral quede algo del aliento de las llaves;
quede, por ejemplo, intacto el mausoleo olvidado de los ojos.
Ante la carestía de nuevos cauces, quién tacha con arrepentimiento
aquellos aires cardos de la sombra, los ayeres sentidos de la carne.
Todos los sofocos supongo que se quedan en la garganta.
(Es un huevo desamarrar los tantos recuerdos, ponerle cerradura
a lo que amanece más allá de nuestras narices. Sólo veo el hilo de orégano
en mi olfato, la perenne albarda comulgando con el lomo, el trabajo del tiempo 
hasta coser el ascua. Junto a mi sombra la sal irrecobrable y sus inquilinos.
Tantos ayeres como los infortunios de un esqueleto en la intemperie.
Tantos paréntesis que no salvan a nadie.
Tanta sed como cuchillos en un degollado. Tanta osamenta como cortejo
de llaves, vos de arcilla como yo, de madera como yo, de maíz como yo.
Cada vez nos vamos hartando de la cólera de los espejos: del espejo del retrete 
y las moscas, de las tenazas arqueadas de la nicotina, del garrobo calcinado
por las distancias del cerco de piedras, por la decadencia que flamea
en nuestros sueños hasta el hartazgo.)
Cada fin de semana se pretende suturar los párpados: hay legiones para ello.
Barataria, 2016

martes, 16 de agosto de 2016

CATACLISMO DEL ESPEJO

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CATACLISMO DEL ESPEJO




Todas las alteraciones del viento, la fruición del estertor en los colmillos,
el fermento asumido de los excrementos, los días contados de la noche
y su almácigo de sombras: uno no ignora los tantos cataclismos
de la sospecha y sus explicaciones de anticipada sombra.
No hay dolor sin que deje de vivirse en el espejo, ni claridad en el claroscuro
de la memoria, ni silencio que de pronto nos sirva de bandera.
Nadie deja de ser lo que escupe en las aceras: el espejo, quizá, es sólo un juego 
para remover la espuma del desgaste ígneo del alma o del aliento.
No podemos hablar en lo hondo de las cobijas de lo próximo o lejano,
sino de esos gritos que se escuchan con ojos arrugados en la peluquería
del aliento, de pronto en la hojarasca de la desventura,
o en las ojeras capitales de los anteojos llegados a un punto de baúles amarillos.
Uno siempre está en la mira de alguien cuando se piensa en mortajas.
La historia se abre a tantas cosas, por ejemplo, a limpiar ciertas estatuas
y a izar ciertas banderas, y a degollar la risa inoportuna.
Todos los espejos que conozco carecen de lexemas, y sin embargo, están allí
como prestidigitadores del canto y los conjuros.
Por error, los espejos pueden confundir la desnudez y no distinguir entre lo uno 
y lo otro: quedan los huecos de la respiración, el aire voraz
cercano a las cloacas, el deseo de limpiar los sombreros y purificar paraguas.
He andado en los equívocos de cada una de sus sombras: dan ganas de tirarle
al tiempo otras fotografías. Otros buenos días a la letra desbocada.
Barataria, 2016

domingo, 14 de agosto de 2016

PLEGARIA DEL DESVARÍO

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PLEGARIA DEL DESVARÍO




En el rezo inconsolable, la ascensión del desvarío como un espantapájaros.
Ya los oráculos de aquella época no nos dicen nada, salvo los mingitorios.
No cambia el ojo, ni la boca, ni el momento absoluto de la espiritualidad,
ni el oscuro secreto de lo discursivo, sino el buen multiplicar a puerta cerrada
de las palabras falsas y oscuras, de la alianza incesante de la noche.
Ahora el infinito es un lugar reprochable ya que desde él se puede conspirar.
Los telepates han vuelto venenosa nuestra sangre, pagamos con nuestra impotencia 
ese otro mundo inicuo de las leyes, para caminar el mismo camino destemplado, 
la ráfaga ebria y desconocida de las aguas servidas.
Nuestros pensamientos giran alrededor de la avidez de otros.
Debajo de la sed, absortos los aullidos; en el rostro de la gula, desenterramos
los espejos conservados en invernaderos. (Unos sueñan y otros sueñan, pero siempre 
son historias diferentes, sombras diferentes, mapas diferentes.
Por supuesto uno olvida que se trata de la misma historia, la misma plegaria,
el mismo desvarío, y los actores, los hijos de la penumbra, los que claman
o gritan en nuestros pensamientos, los que prolongan el tiempo de la muerte.
Esos que nunca dan la cara, pero marchan frente a nuestros ojos,
y usan máscaras y la misma moneda como los viejos amores sobre el césped.)
Señor, nos condenas a vivir en medio de tanto amor despiadado.
No sé si te adoro porque dejas que otros mientan en tu nombre, hagan
del reino, el reino de ellos, roben en tu nombre, forniquen en tu nombre.
Nada llega a las manos pobres, sino las migajas, la artimaña, lo incierto.
Zumban los calcañales rotos de lo irreparable, el carbón de la tortura.
En el tren de la soledad, la pequeña rendija de los vagones en marcha…
Barataria, 2016

viernes, 12 de agosto de 2016

LÍQUIDOS VISCOSOS

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LÍQUIDOS VISCOSOS




Por cierto, conozco desde la dimensión de aficionado, las obras de José Donoso. La dimensión del poema tiene su propio espíritu “Supongo que cuando el hombre se deshumaniza hasta los espejos son obscenos“. Justo por ahí van los hilos del poema. Hay claro cierto erotismo, pero a mi no me interesa el tema como tal, sino abordarlo desde esa dimensión deshumizadora: no hablo de orgasmos, cada quien sabrá si tiene los suyos.  “Parece poco, pero en realidad, cada minuto se hace desvarío y camino./ Toda la seguridad se torna sediciosa, dos hostias muerden el absoluto.” A veces es indescriptible la garganta cuando se habla quedito, mientras pasa la noche con sus cachivaches y el grito guardado en el pecho se cunde de laceraciones. Lo que hay fuera de nosotros son espejos. Lo que hay fuera de nosotros son castraciones y auditores que husmean en las esquinas, los hacedores de un  tiempo nada comestible, los surtidores del vértigo y el hollín. Es tan obsceno el silencio como el bullicio que provocan los techos de la febrilidad. Uno puede no entender los líquidos viscosos de la saliva, puede vaciarlos estornudos en el cuenco ce las manos, puede morder el tórax de los crucifijos, los centavos de esperanza que se nos ofrece en cucharitas fúnebres. Uno puede no entender los absolutos, ni los silogismos, puede no ver las bóvedas del quebranto, los muladares, los vaivenes del abanico en manos extrañas, la gota de país en la que uno reflexiona. A veces las mañanas resultan frágiles, desvalidas, insignificantes. Un solo olfato es incapaz de oler todo el mundo, pero hace la diferencia; un solo fuego puede escalar las músicas que emergen o emigrar de la hojarasca; un solo estertor es suficientes para hacer detonar los puntos suspensivos del vuelo, o el de los pájaros en plena marcha. Arde la severidad de los tropeles, el punto ciego de los sótanos, la imagen y semejanza que ocupan los pabilos, o aquella herrumbre que la soledad acumula dentro de sus redes de misterio. Resultan ciertos todos los soplidos en las paredes. Hay una mano que nunca regresa a sus aguas. Por cierto que, en este ir y venir, empecé a entender la dureza de las escamas, y los alrededores amargos de la idiotez. En esta dimensión atípica de calcañales, uno aprende lo terrible de los esmeriles, el yo solemne de las monedas, el precio de la conciencia y sus costados, el búho aturdido junto al chucho que ladra hacia no sé qué hospedajes. Ante los párpados rotos del horizonte, uno pierde la noción de lo efímero y se adentra a esas regiones sinuosas y sin salida.  Bullen las lápidas como un chorrito de agua en las esquinas olvidadas del calendario. Dialogo con la crisálida más remota colgada en los horcones de mi posta. Hablar es una especie de liturgia, una manera de alargar las reminiscencias, suspender por un momento la inocencia, desandar los brazos de las alambradas, darle sentido a los pantalones y aquellos dientes que muerden al unísono las gotas de sudor. Otro día habrá para quitarle el zumo a los espejos. Por supuesto, esto es confidencial, mientras empiezo a contar las canas del olvido. En un punto me quemo junto a las sepulturas y al sonido huesudo de las calles… 

jueves, 11 de agosto de 2016

PARENTESCO IMAGINARIO

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PARENTESCO IMAGINARIO




Expresados los oscuros miedos de la sal, nos queda el ojo de la tormenta,
y el ala, aquí y allá, puesta a la marcha como pulmón intrépido.
Una verdad es ineludible cuando miramos desde dentro de las ventanas:
¿Qué miramos? ¡Qué cascos de culpa atraviesan el aliento?
¿Qué infancias se ven en la borrasca?
¿De qué ahoras el raro horizonte que nos hereda la polilla?
Al menos en la propia humildad de los recuerdos, el arroyo o el pájaro,
es lo más cercano al reino hundido que llevo en el pecho.
En medio del desmoronamiento de los pinos, las cárcavas residuales del grito,
o el goteo de la lluvia sobre el espejo.
Llevo candiles entrecerrados de embarcaderos, y anillos quemados de poros,
y mundos de bisabuelos oscuros, y sueños de sanguinarios tejados.
El galope es lengua de espesos follajes: pido ayuda antes de que se arruguen 
mis sueños, antes de morder estatuas de ceniza, aquel vuelo de pez debajo
de las aguas, las escamas pavorosas, el protocolo consecuente de las mortajas.
En consecuencia, sólo tengo parentescos imaginarios.
(Siempre me educaron olvidándome de las cosas: desenrollaba sombras
de un País que no conocía; siempre me amarraron con pañuelos quebradizos
y vacíos de desbocadas fotografías. Mientras aquella gota de infinito
se tornaba inabarcable varias deshoras me traían paraguas de tristeza.
Cualquier itinerario me condujo irremediablemente al golpe de los equívocos.
Mi parentesco más próximo en todo caso es con las distancias)…
Barataria, 2016

martes, 9 de agosto de 2016

ESCRITURA DE LA DESMEMORIA

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ESCRITURA DE LA DESMEMORIA




Uno va dejando en el camino que la desmemoria fecunde todos los  olvidos.
Ante la desesperación no podemos ya pensar en los retornos, ni en esas extrañas diatribas del cansancio, porque sería darle más oscuridad al aliento.
Debemos retornar a la inexistencia total de los puntos suspensivos.
La lucidez y el deshielo no necesitan de mordazas, ni de la pre-escritura
entre las líneas de los ojos, ni de la salmuera que cruza el calendario.
La desmemoria tiene sus propias úlceras y repertorio de laboriosos vacíos.
Siempre nos vence el cuenco del aliento, la faena amanecida, los rencores,
el frío, la distante niñez y sus gárgaras, la lluvia descalza y la ropa sucia.
Yo escribo para ir de a poco borrando las ventanas: si algo queda, serán días
de polilla, o la pared maltrecha de la oscuridad.
Si algo necesito es una almohada de luz para la salvación del más allá.
Ahora debo caminar sobre rieles inexplicables para luego dispersar
las hormigas y cuanto sea posible borrar  las circunferencias.
Una lágrima acurruca los horizontes de la memoria: escribo para el imaginario
siempre perecedero de lo putrefacto, para calentar un poquito aquella puerta 
de la risa, el pudor y el rapto de las verbigracias.
Quiero olvidar todas las rutas hacia los prostíbulos o quedarme en ellos, morder 
la gimnasia sólo de lo que va quedando en la calle,
disgregar los paracaídas, hundirme en el cadáver de los semáforos.
A riesgo todo el azar, la constelación telescópica de la tinta, el ojo del aullido,
y el parpadeo de la escritura como la primera cobija cubriendo el destello.
Escribo, entonces, para ocuparme de los trajes vacíos que tiene el Paraíso.
Barataria, 2016

domingo, 7 de agosto de 2016

ÚNICO ARCO IRIS

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ÚNICO ARCO IRIS




El único arco iris en estos días es la desesperación. De hecho, en la línea
del tiempo que hemos trazado, sólo nos salvan las ausencias y ese crimen
sin jubilarse de todos los días.
La retórica del paisaje se ha tornado algo sórdido: el viento es una tragedia hostil 
sobre la patria nuestra (un decir para opacar las devastaciones, un estirar 
los intestinos del alma, un universo devorado por las falsas inteligencias,
quizá el polvillo brotado de tanta metafísica, sin que nadie se atreva a impugnar 
la memoria histórica, o las mitologías morales del civismo.)
La esperanza es una enfermedad obscena en descomposición: en el fondo,
es la muerte y sus pronunciados dramatismos, la andadura incierta
de las sombras, los juegos desabotonados compulsivamente del terror,
la alegría miserable sometida a ciertos umbrales.
Hay alguien que vive con el deseo diario de morder o aniquilar al adversario.
(Se aprende de las prácticas onanistas del poder, de esta lucidez deplorable
y acalambrada que dura veinticuatro horas diarias.
La esperanza entonces se torna irresistible, embrionaria, inefable y, de seguro,
hasta imponderable. Alguien puede sacrificarse o inmolarse,
desfallecer enajenado como la espuma, repasar los horizontes que resbalan
en las pupilas, o encerrarse en el frío de su propia muerte.)
La lógica es que uno se apropie de lo irremediable y sea feliz al descenso
del bajo mundo: claro, se trata de un juego al galope a juzgar por el pisoteo.
En estas esferas persuasivas de la infamia, no hay abstracciones, el poder
es ese extravío oportuno de los razonamientos, la obra vacía del absoluto.
Barataria, 10.VI.2016

viernes, 5 de agosto de 2016

VENTANA TOTAL

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VENTANA TOTAL




Total la noche con sus trasiegos de ventanas y barnices. (Ese tender la mirada 
sobre la luz del aire, honda vertiente de los abismos, el mundo y sus burdeles,
el mundo y sus colillas de miseria y sus oscuros torrentes de ropa insepulta.)
La lectura de tantas profecías me harta las semanas.
Prefiero pensar en mis remotos días de cadáver o escarabajo.
A veces quisiera escribir apartando toda la insania que nos han traído
los miedos y el falso traje de las ventanas y la compra de la dignidad
o la herencia de los estertores de la ropa sucia.
Es el momento para la hospitalidad de los malhechores, para las parentelas
y su cautividad, para la desconfianza de aquellos que recogen la esperanza,
o nos hacen esperar hincados frente al sinfín.
Uno se harta de toda esta luz ajena, de todo este tiempo sin gloria ni sustento.
Nadie lo ignora, ya la piel está curtida del falso arado y del crucifijo
a cuestas: ¿Quién respira una distancia suficiente de ebriedad plena?
¿Quién ahora, avanza y se anticipa sin confusiones a la ventana virgen?
(Andamos días de victoriosos ataúdes. Lo sabe usted. Lo sé yo.
Usted sabe que zumban las sombras y se arquea el aliento en el humano ruido
de las heridas, en ese negocio de oscuros zapatos.)
Dicen que son viscosas las disecciones en ayunas, las bocas infatigables
de los escapularios, el resplandor imposible cuando crece la asfixia.
Del paraíso que me libre Lázaro, ya he danzado lo suficiente en el infierno:
de aquí hacia abajo me toca la carcoma de la sed…
Barataria, 08.VI.2016

miércoles, 3 de agosto de 2016

VIENTO DE SOMBRAS

Imagen cogida de desayunoconcianuro.blogspot.com





VIENTO DE SOMBRAS




A cualquier lado triza la rama de los árboles: esa sombra de la tristeza
que nos golpea a cada rato con sus pesados cansancios.
Uno arrastra todo el golpe de las huidas, esa agua de peces en los ojos abatidos.
En algún punto el aliento asume toda la borrasca y uno se pregunta
si siempre se alzan así las sombras maduras de aviesos arados.
Maduras de humo y dentelladas. Maduras de municiones y trajes.
Desplegadas como cortinas de cráteres mayúsculos.
Tras la colilla de sombras y miedos, respiran ciegos los dictámenes
de la conciencia, las calles oscuras de la eternidad, la farsa de los tantos bufones 
que tenemos hoy en día, como esa otra parte del nudo de las sombras.
Hay cloacas urgentísimas de semáforos, rota el búho su estupor de plumaje,
Hay asesores de páramos y agujas, de rendijas y asedios y cirugías estéticas.
(Después del trasiego alguien quiere cambiar el clima de la parodia;
otros pierden la cordura en los corrales donde se legisla la altanería.
Y otros, quizá más incautos, muerden el anzuelo. Y la cáscara seca del viento.
Después de todo, la ebriedad sólo es un estado momentáneo.
Por encima de cualquier pronóstico, en boca cerrada también entran moscas.)
A diferencia de los espejismos, las sombras muerden los alrededores
de las sienes, mientras, la sospecha de la brasa acrecienta la bruma: uno sabe, 
pronto, que hasta una caricia puede ser una amenaza.
He aprendido a vivir en medio del desprecio y a no inmutarme ante tal oscuridad 
de sombras: uno lleva colgados del cuello todos esos recuerdos…
Barataria, 06.VI.2016