sábado, 31 de diciembre de 2016

CONTINUIDAD DE LA DUDA

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CONTINUIDAD DE LA DUDA




¿Hay caminos donde crece el ojo del cierzo? ¿Llega a nosotros la diafanidad
después de tanta espera? Siempre es lo mismo: los promontorios de hojas
sobre el camino, las lenguas de aguas descolgándose de las estatuas.
Siempre la lluvia cayendo sobre los canastos abiertos del tiempo, cubriendo
las angostas aceras de las migajas, el aliento de piedra de las campanas.

Nada nos sorprende aunque rebote en las aceras la saliva,
los olores rebeldes,
quizá el temblor perpendicular del parpadeo, los estruendos del olfato.
Huimos todos los días de los retumbos de las sombras resquebrajadas,
le fingimos al país, no obstante, una respiración sana.

Las palabras tienen ese mismo sabor desabrido de la dulzura.

Se adentra el ciprés en la garganta, el mundo servil con fuertes trajines.
Y así seguimos noche y día en la dura ignorancia de los ademanes más aviesos.
Los cipreses nos repiten el destino del ocote.

No desfallece este adoctrinamiento de la ceniza y sus cansancios azuzados.
Cada quien espera en la ventana como el dictamen de una condena.
¿Hacia dónde vivimos la vida escindida de espejos?
Entre los ahogos, nadie busca sus entrañas perdidas, los silencios mudos
de los pensamientos, todas las agonías conjuradas y la impotencia.
Nunca supe, si vos, lograste subvertir los matorrales sedientos de la espuma,
o si, seguís siendo la plantación sin respirar del presente.

(El país, únicamente, alarga sus tentáculos de miedo, y sus montepíos.)
Barataria, 2016


viernes, 30 de diciembre de 2016

ESTERTOR DE LA CAVERNA

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ESTERTOR DE LA CAVERNA




Entre la costumbre del suelo y el destino de tu mirada
un dudoso pájaro de fiebre tramita dos o tres colores
ante el peligro de que de pronto despliegue el pensamiento
las anémonas suficientes para paralizar las fábricas
Es la ciudad donde la lluvia instala su conflicto sentimental
agregando un poco de azar a sus espuelas
A pesar de la guardia montada en los ojos de los astrónomos
la ternura menor de los taxis consume y disgrega toda tentativa celeste
Luis A. Piñer




Ignoro si todo mundo sabe qué se siente ser uno mismo, encontrarse con ese silencio, hondo, profundo, del mundo adentro mientras se tiende la ropa del aliento. ¿Quién se redescubre desde las muchas vidas habitadas? ¿Se llega a saber quién es uno? ¿Quién depila el susurro de las zonas erógenas? Siempre hay un más allá de la ciudad y el recodo de las esquinas. Existen quemas y gritos y escombros e interminables cementerios: importa la indulgencia del asombro, esa forma íntima del poeta para comprenderse desde la escritura; constituye la más convincente relación de lo que nos acontece, descubrirse uno entre la falsedad y la contradicción. Es evidente que ante tantos instantes asolados,  también nos afirmamos y evolucionamos más allá de las operaciones lógicas del universo. Cualesquiera que sean las acrobacias del pensamiento, existen “Neblinas grises resplandecen en la hoguera./ Techos de extrañas palabras muerden la lengua. Cántaros urden el agua./ Andan mis oídos desnudos de mares, asoladas claridades muerden mis ojos,/ y ahúman el entrecejo del arco iris./ Todo queda registrado en el escenario perenne de los huesos./ En la lengua de moho de los sueños, ningún cuerpo trepidante, / solo el movimiento oscilante de lo estático, las hojas quemadas del bullicio,/ y la agonía acurrucada del pestañeo y los asilos para lápidas amontonadas./ —Contiguo al sur de los goterones disueltos en aliento y semanas,/ están los tambores sonámbulos de la plenitud, la casa de mis primeros sueños,/ el aguijoneo espectral impulsado por el viento.” No dejan de ser naturales todos estos sobresaltos, los juegos desenterrados de la boca, las tumbas que habitan el pecho, los fármacos que encapuchan ojos y memoria, aquella anatomía que nos desvela mientras salivan los colmillos. Después de todo, los arrebatos son parte de las ampollas que se nos hacen en el alma. Irremediablemente uno puede reafirmarse en los abismos; el espíritu también tiene esos desniveles de mortalidad, esos extremos imaginarios de las grietas. Se desespera contra la incertidumbre, se aducen filos y palabras que no digieren las carcajadas. En el petate de mis largos atropellos, los extraños días, como la sed del páramo que nos ansía o nos dilata en su áspera esperanza. Al otro lado de la saliva espolvoreada, nos representan los anfiteatros y sus trampas de falso cielo. El poeta nunca duerme, desde su condición, está interminablemente en lo otro, en el tiempo y las aguas que lo golpean, sumergido en la historia cumpliendo un destino: cada quien persigue, a su manera, lo desconocido, así es como cobra vida la existencia. Todos van de prisa, menos el poeta. Día tras día hay necesidad de soportar los contrapesos de la memoria y el olvido. De seguro la paciencia se nutre de tantos y diversos extravíos. Una lágrima, dolorosamente, constituye un instante; el juego de las catástrofes y la histeria hacen la noche. Son parte de mí, los murmullos de algunos ijares, la rosa del jadeo en mis manos, la declaración de un día nacional, o los días de visita íntima a los presidios. Siempre es terrible y aburrida la posibilidad de la verdad, la distancia entre el deseo y el desenfreno. Me duelen sus ancas en mis ojos viejos. Me duele la dulzura en medio de tantos golpes de pecho; a veces debo encorvar la figura del poema, las llaves, aligerar el cuerpo ante el estertor de la caverna, ante las divagaciones del frío. Es imposible no fumar sobre el canapé largo de las divagaciones, pensar en la anatomía del celo hasta morir de impotencia. Todo parece lógico, después de todo. La desolación tiene su precio. Es triste. Callo. Es vital el corpiño calentito de las palabras y su hormigueo en los encajes. Con frecuencia, la relación con las palabras es sexual y apocalíptica; otras veces, despiadada como la audacia del crimen ante un indefenso. Recuerdo a mis verdugos, sería una ingratitud afiebrada que los olvide. Ahora tirito, inmóvil, frente al umbral… 

jueves, 29 de diciembre de 2016

JUEGO DE CONCAVIDADES

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JUEGO DE CONCAVIDADES




Un cuchillo de llamas arde en mis sienes, ruidoso de hojas como quemándose
entre mis manos, duro como una estatua, duro como la boca abierta
del hambre, que nunca se paraliza ni tartamudea.
Ninguna palabra cae en el hueco de la respiración, tampoco en los brazos
que despiertan del olvido, en el montículo invertido de los colmillos.
Otra cosa es el círculo atropellado de las alucinaciones
embijarse del tizne secular del movimiento que tienen las simulaciones,
o temblar en el dedal recubierto de parpadeos, justo en la desnudez paralizada 
del abismo. A menudo las concavidades son parte de ese quejido del olvido,
e inclusive de la angustia. Ninguna oscuridad aquí tiene contrasentido.
Siempre lo insólito es profundo como las heridas, innumerable como la sombra.
¿A quién le obedezco para distanciarme de la frustración de los embudos?
En cierto modo, todos los huecos resultan imposibles.
Arranco mis ojos atados a la noche. Derribo los litorales de mi aliento.
Camino por el mundo y mis zapatos se pierden;
tengo vocación por los guacales en desuso, en sus abolladuras crece el musgo.
En las escenas sepulcrales del conjuro, la agonía oscilatoria de las cucharas,
o la pobreza salpicada siempre de manos sucias y limosnas.
El filo de los ataúdes hiere como la niebla, muerde los horcones del fuego.
Ninguna vida sola, cabe en las sintaxis de mis manos o en una infancia absoluta: 
una vida es un rostro y muchos silencios; un camino y varias confusiones.
Al final juego con lo que tengo disponible: mi propia vida…
Barataria, 05.XI.2016

martes, 27 de diciembre de 2016

OSCURIDAD DESIERTA

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OSCURIDAD DESIERTA




Nada es como ese viaje a la oscuridad plena.  A la oscuridad desierta del aliento.
La piel, los ojos, en el purgatorio del insomnio. El abismo de la luna
y su rígido modo de ser osamenta y su cabeza de denso polvo en la mirada.
A veces sólo somos rehenes, trofeos, asteriscos de sus arterias ciegas.
En la frente las aletas de la noche y su abandonada pobreza.
A veces vacíos los reflejos de la ceniza y el camino donde la desnudez combate.
A veces mis ojos se vuelven inalcanzables frente al desabor de las sombras.
A veces niño trémulo enfrentado a tantas imposturas y engaños.

Me ahogo en la diadema abovedada de cada follaje, en la horqueta de la súplica,
en la fisura de la negación de las rendijas.
—Siempre me llueves como un tobillo en el sepulcro.

Entre las tantas musarañas de lo roído, los juegos de la sobrevivencia.
—Cada quien sabe que, en medio de la tiniebla, hay crudezas de manos
y fuegos y extravíos como estar vivo en el confín.

¡Tanta respiración signada por la oscuridad! Tanta nada hundida en el espejo.
En la negación forzada de la boca, somos igualmente idólatras o apóstatas.
Y hasta en algún momento, espíritus contritos y comida para chuchos.
No sólo la oscuridad tripula mis sentidos, también la intensidad envenenada
de la luz, todo el tiempo proscrito en el olfato, la penumbra en el país
de granito, las modorras que producen tantas armaduras.

Sin ver el alba, me queda únicamente hacerle cosquillas a las epifanías
y correr, si se puede, para alcanzar el ciempiés de la tormenta.
(Donde la oscuridad aparece avivo todas mis tempestades. Sos la cópula yerta,
o ese temblor pajizo en los dominios de mi lengua.)
Barataria, 30.X.2016

lunes, 26 de diciembre de 2016

TRUEQUE CON EL ESPEJO 8MONÓLOGO)

André Cruchaga





TRUEQUE CON EL ESPEJO
8MONÓLOGO)



La tierra tiene bordes de féretro en la sombra.
César Vallejo.



Desde mi ignorancia, —que no es poca—, escribir siempre supone un viaje del que no siempre se tiene un cierre por adelantado. A muchos nos desasosiega la luz y sus movimientos, la noche y ese juego de cazadores al capricho del tiempo. Mis divagaciones carecen de toda pretensión. Como una mecha suelta de candil suelto las palabras; luego, que ellas gesticulen lo difícil que es la realidad, o desvirtúen los despeñaderos disformes, el estrabismo del caos, o los vacíos amarrados con mecates. A menudo estos movimientos inversos o contrarios, parecieran el pájaro de fuego que se escapa del aliento,  o el moho que hace visible el jengibre de la oscuridad. “Bajo la penumbra amenazante de las piedras, las hojas calcinadas, nudos / de hogueras muerden las sombras del arco iris, todas esas formas/ del movimiento del ocaso, toda la intensidad avivada de medianoche./ A menudo los imposibles cambian para convertirse en escharcha, caldean / sus embates climáticos, beben la sed del lecho hasta escarpar el suburbio./ En los anillos arbóreos de los maniquíes, los sótanos profundos del búho,/ y el gris sobrio de las paredes. Y lo vulgar que tienen los entonces.”  En este largo recorrido, he aprendido a lidiar con mis andrajos, a instar al viento a que me arremoline contra las paredes, a probar todo el volumen de la noche descendiendo al cordón umbilical de las sombras. Como sólo tengo tiempo para ver la viga en mis ojos, carezco de mayores preocupaciones: siempre estoy desfalleciendo en el fondo del tiempo; hay enfermedades incurables tratándose del sinfín. Ante la velocidad del ojo, éste se pierde en las esquinas de los rincones; no existe, ahora que lo pienso, ese tal pañuelo del cielo, esa botella de mar donde quepa la alegría, sino una sed oscura y arlequines en el umbral de la puerta. A veces sin quererlo, creo, el poema sale muerto. Y no es broma. Yo siempre estoy como tratando de entender el nudo ciego del grito, o de la voz subida de tono. Es como si cada una de las palabras me estrangulara cuando trascurren las cosas vividas en el poema. Claro que no entiendo de revelaciones, ni el límite que tiene la puerilidad, ni qué ilusión es la que después de sucedida me causa nostalgia. Tampoco sé de las automatizaciones del universo, a qué profeta debo quitarle su velo, de qué subjetividades está hecho el cosmos. Siempre existe un punto crucial, a menudo sórdido, aullante, desacordado, carente de sentido. Motivos hay para el usufructo de la confusión: no siempre lo profético es utilitario, tampoco lo es la desazón que provoca lo desconocido. No hay nada luminoso en saber que un siempre es pretérito, pero tiene su propia conmoción esa visión de fugacidad, ese sentido de pérdida inmediata, la fuerza eterna de esa verdad, porque hay otras verdades que de pronto se hacen antojadizamente. Confieso que vivo con suprema tensión el acto de escribir mi poema diario. He aprendido, de igual manera, a no explicar lo que escribo, eso que quede como tarea íntima, a quien tiene la bondad de leerme. En torno a esto, a menudo se habla muy resueltamente, pero no me detendré a explicar esa oscura alquimia de la cópula.  Un viaje de este tipo carece de misterio, pero no de asombro. No conozco la lumbre que aísle las sombras, tampoco los límites que desdibujen estas diversas formas de andar descalzo. No creo en los frutos estáticos del alfabeto, sino en aquel fluir definitivo de lo real en la realidad. Mi mundo es el poema, aunque siempre ande perdido. Este tutelar, entonces, mi propio sentimiento de tránsito, es lo que le da sentido a mi vida, es decir, a perderme en el ardor fresco de lo esquivo. 

domingo, 25 de diciembre de 2016

OSCURIDAD DE LA POBREZA

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OSCURIDAD DE LA POBREZA



A Joaquim, con aprecio.

…astro alumbrando en la obscuridad de la pobreza.
Joaquim Comuall




Uno sabe, de pronto, cuándo se debe alzar el vuelo frente a las penurias;
pero nadie tiene la certeza de hasta dónde llegan los crucifijos de la oscuridad
y su anuente pobreza y su desesperada rabia de falsas monedas.
Nos harta el doble juego de la noche y su paradoja de espejos blancos.
Centellea el polvo de la carencia en las ojeras del mesón o el tugurio.
Nadie aquí entiende de la dialéctica doctrinal, sino de esa demasía seca
en la boca: la sed, el hambre, la intimidad degenerada.

(Uno, se arropa únicamente con la cobija arrugada del estiércol;
con la sombra de sal de los umbrales, se engaña al hambre.
Mientras la atarraya de esperanza se aferra al imposible, otros perseveran
en jardines donde no hay neblinas ni puñaladas extrañas de indiferencia.
Uno ve como se iza el pabellón de la tristeza.
Algunos se excusan y lanzan pepitorias al sofoco; otros, nos ofrecen
el bagazo seco de la esperanza, y sueños sin víveres y untaditas de luz
en las mañanas. Bajo la severa desnudez del granito, la vida se arracima
con sus guacales desvencijados.)

Ninguna inmortalidad es posible, ningún paraíso cuando sólo pervive
esa fuerza profunda de la zarza, cuando el cielo es sólo un imaginario apiñado.
Tal vez vivir sea el precio que tenemos que pagar sin intermediarios.
Vaciado el designio, nadie queda invicto en mesa vacía.
La patria, con frecuencia, es la escena que compartimos con ahogos y hambres.
Barataria, 2016

sábado, 24 de diciembre de 2016

PENSAMIENTOS AHOGADOS

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PENSAMIENTOS AHOGADOS




No sólo el cuerpo y las manos, sino todos los pensamientos en línea vertical,
Hacia la disolución total del pájaro de bahareque, ciego de vivir,
o ciego de ser sobreviviente en un silencio de ojos y de piel absolutos.
Sobre la marcha los esqueletos de los paraguas sustraídos de ese extraño
sitio de atrios infinitos. A ratos uno siente que se quiere perpetuar
la salmuera, el humo licuado de los gritos,
y ese guacal de telarañas como un gusano enrollado en su viscosidad natural.

Tartamudea frente a mis ojos el lenguaje descolorido de la tartamudez.
El hilo de saliva trasluce el largo féretro de los abanicos, mientras alguien
se ejercita hacia dentro como un atisbo, acaso, para lograr su silencio.
Otros habrán de claudicar en el camino junto a los candiles, junto a esa doctrina 
incierta de la realidad que sólo cuenta con paraísos perdidos y diafanidades
subyugadas o ilegibles, miedos, y la certidumbre de las manos vacías.
Crece el deseo de ser oscuridad.

Crecen los carnavales y las carrozas, los servicios fúnebres y los cementerios.
Son grandes los flecos de saliva que emergen de la televisión.
(Me dicen que hoy en día hay silencios pagados y extrañas novedades.
Siempre está a quemarropa la crudeza de las calles, el espejo de la huida,
o esa sagrada verdad que al decirla, puede ser objeto de delito.)

Hace poco no eran reticentes los tableros del camino.
Alguien desde los flecos consabidos del hollín, carraspea en su anatomía.
Barataria, 2016

viernes, 23 de diciembre de 2016

YERMOS PROFUNDOS

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YERMOS PROFUNDOS




La tristeza es una forma yerma donde no se puede sembrar la alegría.
El griterío de los chiriviscos provoca una serie de patrañas.
Sigue siendo obstinada la materia frente a la falsificación de los sueños.
¿De quién puedo fiarme después de tantos entusiasmos excéntricos?
No existen espíritus inmaculados cuando en realidad desaparece la sobremesa,
y la sombra se hace boca de indecencias.

Ningún eco despeja las entrañas, ni desarruga los interiores de las sombras.
Largos son los sombríos gestos de las estatuas.

La verdad no parece equivocarse cuando hacemos anchos los páramos
y todo queda al margen sin posibilidades de reemplazo.
Después de jadear en lo alto de las oblicuidades, siempre hay alguien
que busca un respiradero a la medida de las circunstancias.
Descubro la sombra del perro que sufre cada día, las consabidas arideces
del instante, los sordos zapatos del resplandor que alguien ve como misterio.

Siempre resulta controversial, la devolución amarilla de los desencuentros.
Más allá de los abismos insolubles, la asidua chamiza del aliento.

¿Qué batallas puedo librar que no sean las de los absurdos, las fechas,
los retratos, la rotación de humo en la cuenca de mis ojos?
¿En qué mirada del sigilo son viables los caminos, los ardides de la respiración?
¿Se puede jugar al trueque con las heridas sin consecuencias letales?
Es cierto. Algún cuerpo habrá empapado de saliva. Así empiezan los titubeos.
Barataria, 27.X.2016


jueves, 22 de diciembre de 2016

MEDITACIÓN EN LA DESHORA

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MEDITACIÓN EN LA DESHORA




Venimos de la plenitud de lo caduco: de leer el decaimiento de los años,
de anidar en la carcoma, quizá de la boca de tantos errores.
¿Quién es capaz de perseverar con su rostro seco los trabajos del desvelo,
la honda noche del infinito? Siempre hay manchas de hollín en la memoria.
Siempre los juegos del claroscuro en los vacíos.

En el dintel de la puerta los silencios trabajan todo el abandono.
Solo recuerdo el calorcito doméstico sobre la almohada, el sabor a luz
de la embriaguez del agua, el tiempo de empedrados silencios.
Hay manchas de sudor en todo el camino, hombres y mujeres con trémulos zapatos, ventanas donde fluye la aspereza.

A menudo hay inquilinos en la afonía de las tumbas jugando con pedazos
de lágrimas, como tratando de entender el túnel de los sueños.
En la garganta rumia el fuego el fuego fúnebre de los espejos.

(Creo que a nadie le interesa la paternidad del estiércol, ni la consabida flema
de la noche, ni las rutilantes diademas de las criptas.)

Cada quien procura desde sus cementerios, destrenzar las cornisas del pulso,
y excusarse del humo de los ahogos y de los rezos fríos del cemento.
Ahora defiendo los manicomios con toda su fantasía.
Por si acaso, despeino la neblina y los tragos amargos que uno debe beber
en las confidencias. Por doquier hay múltiples voces de pájaros.
He sobrevivido a los diferentes trajes que tiene el silencio. Y es increíble.
Barataria, 25.X.2016

miércoles, 21 de diciembre de 2016

DIAFANIDAD DISFRAZADA

Fotografía de André Cruchaga





DIAFANIDAD DISFRAZADA




Allí, en la alucinación que provoca la nostalgia, la diafanidad disfrazada
de ceniza, los dedos del calendario respirando las heridas.
El aliento nuestro contradice las afonías machacadas por el desaliento.
Abiertos los quejidos, no queda un solo instante móvil de rodillas,
ni siquiera el olor a madera de las carpinterías,
ni siquiera las pestañas cubiertas de polvo y telarañas.
Vista la viga del vecino, nadie sabe cómo remendar la suya, enderezar
la blancura, lavar el sueño de las calles para darles la diafanidad necesaria.
Es claro que en la comedia, uno se queda de espectro.
Hay presencias remotas como el recipiente de la esperanza.
¿Soy yo el que camina sobre las antiguas sequedades de la entraña?
En este país siempre estoy viviendo el último aliento.
(Llevo años juntando  el laberinto centavos, y gesticulando porfiadamente;
ocurre que debo caminar todos los días a través de extrañas mareas de meados,
entre aguas de fuego provocadas por la miopía. Debo cubrir de noche
mis miedos para que no se vean, pensar que son inocentes las páginas
de los periódicos, gesticular toda la hedentina del futuro.
De luz, solo los escombros de las cerraduras, los años que uno mira después.
Y me preguntas todavía por la diafanidad.
Debo caminar lejos, muy lejos de aquí. El tiempo también es piedra de calígrafos.
Estar aquí, resignado a que amanezca, es un disfraz)…
Barataria, 24.X.2016


lunes, 19 de diciembre de 2016

FORMAS DE LA ESPINA

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FORMAS DE LA ESPINA




Duele la mosca escanciada en el caballo de espinas del tiempo,
que llevamos hasta lo insoportable del terror: en la sombra del aliento
los comensales y su lanza de destino avieso.
Acumulamos gaviotas de dolor en la palidez del desmenuzamiento de los poros.
A veces es el verdugo contaminando los sueños en la almohada.
De pronto, es nada como un racimo de absolutos, como una rama a la espera
de un pájaro, como un manantial azul descubierto en las mañanas.
A veces es sólo juego de imágenes para engañar la vida.

No sirven las manos para detener su desabor, los modos hechos para sentir
el deseo; siempre habrá un estigma antes de lavarnos la piel,
quizá el solo espejismo de lo estrictamente humano,
quizá el descenso, aquí, irreconocible de los jirones del suplicio: siempre basal,
el sordo escombro de los nombres,
el instante donde se respira el abismo. Labra hasta abrir los desasosiegos.

Uno sabe que es nómada y que puede habitar en cualquier sitio.
Pulsa dentro del pecho, como esos viejos caracoles que se ponen al oído.
Nunca desaparece el peligro, ni su trote de miedo.

Igual que la asfixia, denso humo en la garganta, desoída tormenta, o desvarío.
Sabe presentarse como una jauría, no hay ventanas que valgan para evitar
el desaliento, ni lengua que desdoble los agravios.
Son tantas sus formas que las mismas no caben en ropa, ni en cuerpo…
Barataria, 22.X.2016

domingo, 18 de diciembre de 2016

ESPEJOS ROTOS

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ESPEJOS ROTOS




Frente al cadáver de la ventana, los espejos rotos de las palabras mutiladas
por el vértigo y la complicidad de las monedas.
De repente todo tiene el olor de las baratijas del olvido y los trajes de algún cuento encantado y el altar donde uno piensa en los arcanos.
¿Acaso es mucho más audaz la avidez de la soledad a un pájaro de güishtes,
a una pulsación de sombras, miedos, a paredes duras de muertos?
Todos los espejos monocordes de los cirios como una gota de salmuera
mordiendo el entrecejo, o irrumpiendo en la neblina de los ojos
con toda la impunidad conocida.

Es simple, entonces. Se puede, ⎼⎼claro⎼⎼,  caminar con la ropa de la conciencia
entre las manos; apartar las agonías de la calle, sin que Dios se de cuenta.
Debajo de la almohada existe siempre una voz que lo llama a  uno.

Uno se sorprende, después de todo, al ver tanta miseria pululando en medio
de la felicidad. Sorprende tanta animosidad: pulsan los absolutos con un dejo
de eternidad; se repiten día a día a los escombros y los discursos con esmalte.
De tanta imagen sin cordura, los horizontes aviesos.
Cada espejo es un callejón sin salida.

El que logra salir ileso, ha escarbado páramos en su propio aliento.
Ya he visto que también el amanecer trae consigo ciertos juegos perversos.
Cuando uno quiere encontrar la verdad, solo hay que escuchar al viento.
Alguien deberá, ⎼⎼después⎼⎼, de pagar por los platos rotos de la historia.
Mientras sigue el ojeo, recojo los centavos de miedo de las aceras…
Barataria, 20.X.2016

sábado, 17 de diciembre de 2016

ÚLTIMA ALTURA

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ÚLTIMA ALTURA




Sobrevivimos a los caudales de este largo viaje. Desde las infancias refractarias hasta 
el descenso, hemos trajinado junto a cada una de las ausencias
que nos han quedado. Heridos tuvimos que viajar en medio de la ceniza.
A veces resulta hostil estar justo en la línea que separa la cordura de la locura.
(Es duro afirmarnos en la sobrevivencia, sin que uno haya despejado las dudas,
o ese martirio de los recuerdos que no abren en definitiva las mañanas.
En realidad, todo queda en ese sentimiento de fuga.

El sentimiento nos afirma o nos niega. ¿Qué de raro tiene la negación
que nos arrastra? Este tiempo que nos baja con gritos de espinas.
Allí en el fuego cruzado de las estrellas, tus dos pezones de miel apenas esbozados, 
el asombro de la arcilla.

Después nos viene el sonido destemplado de la noche, ese fervor tan humano
de abrir caminos para darle sentido al bien o al mal, al ojo redondo
de la vorágine que nos desvela. Después, solo el cuerpo de lo fugaz, mordiéndonos 
el estrecho abierto de la memoria, inevitable inclemencia.
Ahora sólo me desnudas en la aridez junto a la cripta donde sangra la vigilia.
Hasta hoy supe de las hambrunas y las incineraciones.
Arrecia, sin duda, la tormenta de la soledad,  y su lápida de vacíos.
Debajo del escombro, las dualidades siempre existentes: los setos y las válvulas 
de la memoria, el aire roto en el aliento.)

Más allá de las penurias, huelo el dintel de tus ijares. Como la rosa, vos, 
sediciosa en éxodo. Granito en la batalla que libran mis olvidos…
Barataria, 19.X.2016