martes, 10 de enero de 2017

MAREA CRECIENTE

Imagen cogida de la red





MAREA CRECIENTE




Como un cincel de sal, las pesadillas del tiempo en los ojos. El lugar común
de la muerte coronado de frío, las redes de espuma retorcidas y anidadas
al aliento, a esa flota de sombra donde zozobra la oscuridad.
A veces hasta las entrañas son insondables,
como si la marea creciente de la historia lo arrastrara todo.
Hay tantas arrugas como edades en la lluvia, vagas herrumbres
de confinamiento, calaveras en el nudo de su propio laberinto, hombros
que desafían lo fútil de este reino de cosas.

Debajo de los durmientes de neblina, los ahogos duplicados de los espejos,
y este insoportable mundo de voces siniestras, perturbador de ventanas
y embotamientos, ebrio como la saliva abisal del magma y el granito.
En los cascos del hedor, se allega el cráter del despojo,
y a la forma áspera, extraña, del silencio fulminante en los goznes.

Nadie está eximido de las tantas roturas que sufren los caminos y las aceras.
También en el rostro hay desusos que no pueden sostenerse.

(Por cuestiones de sensatez, uno pervive en los espacios confinados a la soledad; 
quien sabe de extravíos, de pronto, desea claudicar en todo.
Es inútil pretender hundir la noche, recriminándole su oscuridad.
Ahora todo es a la inversa: la memoria sólo un germen en medio de la fantasía, 
¿un misterio? No hay forma visible de saberlo.
—Cada vez despellejo los mausoleos y cuestiono la legitimidad del infinito.
En lo posible trato de desahogarme y olvidarme de las proclamas.
En medio de tantos juegos miserables, la mejor fragancia la tiene la ceniza.)
Barataria, 16.XI.2016

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