viernes, 6 de enero de 2017

PALABRA HABITADA

Imagen cogida de la red




PALABRA HABITADA




Nos arde o consuela todo lo que subsiste en la palabra. La memoria de viento,
la memoria de caballos, la memoria de los ojos y la conciencia.
En el temblor del escombro, el árbol ebrio de aguas nos invade todo.
No sé qué imanes muerden la herrumbre de los pantalones viejos.
Veo la hamaca de la noche tendida entre las muchas pestilencias del país.
Solo me viene a la mente, el paisaje y las rodillas de barro
de la infancia, el pájaro invisible colgado del claro de los aleros del tejado.

Ignoro en qué lugar puedo encontrar un país de purezas, un país vivo
y sin arrimos, un país de siempre y no de nunca.

Las palabras habitadas tienen su propio esplendor, brillan como una raja
de ocote, un árbol crecido en el aguacero de luz de las ventanas.
Después de traspasar los respectivos quehaceres del asombro,
algo se aloja en los sedimentos del extravío.

No es la sacralidad del rostro de las palabras la que me conmueve, ni los faroles
remendados de las estrellas después de medianoche,
ni los martillos de saliva que surgen de la actividad de la boca,
si sé que tras las sombras, nos queda una sensación de pegajosa ceniza.
El fuego es el interior de las palabras.

El fuego allí no se extingue, queda  el sonido del rescoldo, o el camino
que nos aguarda con todos los atributos de una heredad.
En la inmensidad del ojo, veo el corifeo y sus muecas y su mímica hostil.
Barataria, 09.XI.2016

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