sábado, 7 de enero de 2017

SEPULCROS INDISOLUBLES

Imagen cogida de la red





SEPULCROS INDISOLUBLES




Cualquier tiempo muerde el amargor indisoluble de los sepulcros.
Debajo del espesor del granito, la estación de la noche y su perenne ardor.
Aunque cambien los días, subsiste el ciprés subterráneo de los ecos;
también allí hay escombros y una puerta de revelaciones y un chorro
de lavatorios creciendo en el olfato, y una feroz e inexplicable herida.
Desde siempre llevamos esa tombilla en la conciencia.

Polvo somos en el silencio. Candil de ahogos apretados, musgo apenas…
Pasan los días como jarcias deshabitadas.

A menudo nos hundimos en la pantomima y en el menester del descrédito.
Son innumerables las paredes sombrías y la soga entumecida de las alas.
Supura el parpadeo de la agonía y la infinitud petrificada de unos quejidos
tan intensos como la erosión de la historia y sus oscuros dolores.
A menudo sólo es el lugar donde la boca se llena de tierra.

(Aquí no se puede hablar de amantes, ni de música, ni de fuegos seculares,
ni siquiera de ese mudo orgasmo de las sombras.
Nadie mira y nadie responde; nadie anda, ni está en sosiego. Nada somos.
Me embriaga cuanto de tiempo tienen los amantes, la embriaguez
a quemarropa, aunque después, haya que lidiar con los escombros.
De todos los absurdos, quizás las congojas  cercenen la conciencia.
El sollozo acaba descosido en el eterno destiempo de las baldosas. Nada tiene sentido 
y claridad, si en lo profundo, pasa un río sucio de cascos insoportables.)

Tal vez aquí, entonces, me reconcilie con mi desnudez.
Barataria, 12.XI.2016


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