sábado, 18 de febrero de 2017

DESENCUENTRO ÚLTIMO

Imagen cogida de la red





DESENCUENTRO ÚLTIMO




Titubeo, tal vez, frente a los extravíos de mi propia caligrafía:
he aprendido que la historia está hecha de desencuentros, de un nosotros
sin dueño, salvo el minuto suplicante de la huida.
Sólo hay en cada juelgo que respiro, aquellas escupidas que la realidad
avienta mientras duelen en el costado las pesadillas, o los aserraderos afiebrados de las palabras, o los clavos admonitorios del ahogo,
o el lóbrego reumatismo del granito.

Pasados los bostezos vienen los horrores irrestañables de la castración.
Llaman las culpas y los carros fúnebres: uno apoya el desánimo
en los dedos de la saliva, en los codos del pulso, en el polvillo
de la temperatura: las alas o el reloj siempre están en mis desencuentros,
desperezan los demonios mientras estiro mis canillas.

En el suburbio de mis calcetines, las roturas todas del aprendizaje.

Me harto como toda la gente de los ojos, me harto de las costumbres
y sus paredes aledañas; el caos no es mi único recuerdo,
sino el chillido de los acantilados, las fotografías de familia, el rostro
que me roba los suspiros: yo, náufrago con mis juguetes.

Sobre mi sienes, el escalpelo no sólo del viento, sino del bulto del grafiti
y sus orificios, del alma menguada debajo de las sábanas.

En la coz del hedor, se enrosca la noche y sus raíces pegajosas.
Así como en los sueños muero de cansancio. Muero de Dios, irónicamente.
Barataria, 27.XII.2016

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