lunes, 20 de febrero de 2017

ESPESURA DEL OCASO

Imagen cogida de la red




ESPESURA DEL OCASO




A la puerta de la memoria, los pedacitos de infortunio colgando del aire.
En el aliento helado de la niebla, las ventanas todavía persiguiéndome:
la historia allí, habituada a la barbarie. Y  los intrincados brazos
de las estatuas. La noche es pétrea en su rodaja de cielo.

Los ojos de las lápidas y los sarcófagos, murmuran frente al nudo del vaho.

Tal como son las cosas, la oscuridad es densa en cada ahogo, en el pez
de las manos, en la semilla que da pie al árbol.

Uno, de a poco, va como el símil que parpadea cuesta abajo, clamando
por los recuerdos, o por otros imaginarios.

Ahora están concentradas en la conciencia todas las dilapidaciones.

Hartas son las palabras oscuras y cansadas de todos los fantasmas condensados
en las luciérnagas: duelen los ojos de tanto expatriarse.
Duelen las manos abriendo uno por uno los retretes y el enorme candado
de la hediondez, y la fidelidad —sin desquiciarse— de uno mismo.
A ratos, sólo las pestañas y sus ansiedades, el denso país del ocaso.
A donde uno va de seguro hay tropezones.

Como no duerno, veo caer la noche sobre mis cobijas de intemperie.
Dentro de unos días serán objeto de presunción de inocencia los maniquíes,
las palabras que se esconden en los bolsillos, las esponjas empapadas de sudor,
o las bocas caricaturescas del folclor nacional.
Después de todo, siempre la fiebre del sueño me llega a deshora.
Barataria, 29.XII.2016

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