martes, 14 de febrero de 2017

JERIGONZA

Imagen cogida de la red





JERIGONZA




Desclavado el aire de las sombras nos queda la jerigonza de los dinteles.
El granito de las calles es ininteligible como las enredaderas endurecidas
del sollozo, como los puntos suspensivos deducidos de la culpa.

¿De qué relojes partimos hacia el frío?
¿De qué muertes se nutren cada día las puertas de los cementerios?
¿De qué lenguaje están hechas las degolladuras, la intimidad en su guacal
de penumbra? Ahora se me ponen los pelos de punta.

No es raro sentirse aludido cuando otros empiezan a delirar y silabean
su fiebre tal un fósforo roto en una calle terrible.

No entiendo el final al que aspiran los relámpagos ni los tantos estornudos
que acumula un pañuelo, ni a la fea actitud de ponerse sentimental.

¿Sueña, —después de todo—, el pájaro en su agonía cotidiana?
Para mí solo es comprensible el duro oficio de los candiles. Nada más, claro.
Llevo amaneceres aleteando de horror.

¿Quién me explica la buena suerte sin que sea sólo metáfora la castración?
(Al margen de todo lo dicho, el íntimo trastorno irremediable que me causa
la cópula, esa imantación vibrátil cuando te alumbro en medio
de bocanadas electrizantes. La lengua allí deja sus lamparones sepulcrales
de espantapájaros. En el momento dialectal del evangelio,
de lo único que no podemos hablar es de números financieros.
Al cabo, en la alternancia, vamos recreando los puntos que emergen
del quebradizo silencio de las palabras. Vos y yo entendemos nuestro crimen.)
Barataria, 22.XII.2016

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