lunes, 17 de abril de 2017

IMPOSICIÓN DEL MIEDO

Imagen cogida de la red





IMPOSICIÓN DEL MIEDO




De un silencio a otro, uno se pierde en la inmensidad: aliento y ojos tienen
su propia doctrina: se impone el miedo y sus ilegibles güishtes.
Callo desde lo más remoto mientras ensordece el fuego de la perversidad.
¿Existe alguna certidumbre para llenar los vacíos?

Ahora sólo quiero vivir tocado por el rostro de la infancia y no de la adultez,
no de la huida que siempre demanda abandonos y ceniza,
no de los esfínteres achatados de las letanías del sinsabor,
no del soslayo que rumia horizontes.

En medio de los bolsillos rotos también el estío y sus artefactos.

(Me maravillan los prostíbulos y sus cobijas derrengadas, sus guacalitos
con agua para lavar la rebeldía o esos rasguños que dejan las tarjetas
postales en el quicio de las puertas.)

Me hartan las múltiples castraciones y la oscuridad desnuda del alba.
En la cosecha del azúcar los espacios enrarecidos de los horcones, 
la miseria del desvelo y su alforja de agua enroscada hasta los pies.

(Hay herraduras que nunca se gastan como la tristeza, ni migran.)

La inmoralidad acaba siendo lo inmedible en el tórax, lo más cercano
a lo hondo: abajo el fuego de las bestias y sus cataclismos.
Nada es más seductor que los espejismos del poder, ni siquiera tu cara,
tu sexo de corolas, el lirio subyugado a los muelles del resuello.

Uno es inocente mientras no forcejee con los hartazgos.
Quizá lo pétreo, finalmente, se apodere del bramido de los ojos…
Barataria, 03.III.2017

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