sábado, 22 de abril de 2017

MONÓLOGO DEL MURMULLO

Imagen cogida de la red





MONÓLOGO DEL MURMULLO




Yo suelo caminar cuando las aguas del infinito se derraman.
Nunca hay piedad, creo, con la incoherencia de la espuma en alta mar.
A veces zumban los oídos de tu sombra, las obscenidades arrastradas
por la contracorriente, el transatlántico curvo de tu respiración:
siempre sangras en la borrasca,
una mirada y me imagino el escondrijo, el trino que atraviesa la ventana,
la suavidad con la que le rendimos tributo al inconsciente.

Siempre debo descubrirte en lo inevitable, morder el mar de tu temporal,
desordenar el bosque sin que nos den calambres.

Justamente por el fuego quemamos casi todo, se endurece el riachuelo
del deslave, hurgamos en las campanas, la carne humana soterrada.
Arriba o abajo la demencia es igual. ¡Despacio, para vivir, camina!
Como las horas nunca amanecen, somos siempre la calle que empieza,
la calle donde se derriten diligentemente los pinos y los trenes,
la calle sin descrédito donde la feligresía desvía sus oblicuidades.
Calla. Calla. Calla. Deja que sólo se escuche el trino del cierzo.
En tu altar inclinado los ojos como dos habitaciones pecadoras.

Después, —no sé explicarlo—, nos sentamos a pensar en nuestra última adolescencia: no hay ningún balance, salvo lo que deja el fuego.
Salvo lamer la memoria e impostar la voz.

(Mientras, aquella mujer camina hacia las pestañas efervescentes
de mi próximo poema como el agua bendita en los tobillos.
Habida cuenta ella es la otra arista del tejado, la secreción de lo venerable.)
Barataria, 11.III.2017

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