domingo, 21 de mayo de 2017

HISTORIA DE CREPÚSCULOS

Imagen cogida de la red





HISTORIA DE CREPÚSCULOS




¡Por qué tanta ceniza en la sotana amarilla de las ventanas? Allí, encallada
la saliva del tiempo y desabrochado el aliento como un repique
de sopores siniestros. Una fosa arde en la garganta.

Alguien empuña un péndulo para idolatrarlo, un sordo instrumento
como persianas desvencijadas, una viscosidad de acuario.

En ciertos días de empacho resultan necesarios los supositorios y lavativas.

En ningún poema hay lágrimas innecesarias y mordiscos obsoletos.

Cada quien lleva jeroglíficos en sus encajes e historias de crepúsculos
y pedazos de palidez dormida, mordiéndole la boca almidonada.

A ratos los ojos se amontonan en el doblez de los mareos.

Uno enmudece ante las flagelaciones, salvo el incienso y su cántaro gris.

A riesgo de tanta sensiblería, prefiero el paisaje mimético de los lupanares.

Siempre admiro los estantes fríos del desequilibrio, la alucinación kafkiana
de las reminiscencias, o “El pájaro yerto” de don Juan Ramón Jiménez.
Siempre el sueño es breve, aunque dure siglos.

Hay una manera sutil de entretener los recuerdos: pensar los imposibles.
Ante la adustez de las trincheras, es necesario un arsenal de artificios.
Como un niño en los baldíos del viento, desnudo el ojo de las horas.
Mientras más me duele el país, pienso en el horizonte de rodillas.

A cada quien, presumo, le duele el plato sin comida y así asume la noche.
De vos, toda mi inocencia de pájaro entre tus muslos…
Barataria, 2017

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