jueves, 22 de junio de 2017

EPIFANÍA PREMONITORIA

Pintura de Joan Miró





EPIFANÍA PREMONITORIA




Entonces, ¿en dónde está la razón, el desbordamiento infinito
de los poros rotos, todo lo que antecede a la vestidura de las distancias?
En el párpado he advertido la espina y la intensidad sesgada del lenguaje.
Frente al ojo el ventisquero de polvo y las amargas monedas del vacío,
y la garganta colgando de horcones,
y la mano de mamá rota en su extraño sarcófago de mariposa,
y las axilas casi rurales de nuestro mundo.

A ratos aturden las esquinas de lava de los sueños: el telón oscuro de la caverna
y sus poderes de intemperie;
el cortejo de la ignominia de pronto se torna una deidad de negocio
sin límites, —el odio estalla como un granero imposible de respirar.

Nos avasalla el servilismo como producto interno bruto.

Suplicio y agonía resultan irrevocables como gotas de sal retorcida.

Todo comienza a no ser.

Alguien desafía toda la cinematografía instalada, incluyendo las alambradas
de púas y las palabras al servicio de la sumisión.

Se avecinan estatuas ardiendo de confeti y rumores repletos de tempestad.

He recibido los telegramas del abismo: he visto a sus remitentes
a través del espejo, en medio de los secretos adulterios de la razón.

Usted conoce el polvorín que vaciará nuestros ojos.
Usted que se desploma de asfixia frente a la muerte y sus hierros movedizos.

Ahora sé que nadie estará a salvo, ni podrá alabar las mutilaciones,
ni sabrá sobrevivir a los relojes fragmentados de la ansiedad.

En la concavidad rota del ala, las pugnas y sus aguas oscuras.

En el umbral de los nombres, no vale la separación de las aguas ni el bautismo,
los círculos de la ceniza multiplicada,
los acrósticos de la materia y su eje perverso, el exilio vertical de la tristeza
o el descenso hacia todo lo consumado: la súbita luz inexistente,
el vientre sumergido de las semillas proclives a un territorio desleído.

La realidad última es la desnudez y su territorio con candados.

Todo se nos muestra como una sombra en la garganta, como un retrete
reiterativo, objeto de salutaciones inusuales.

Ha llegado hasta socavar los ijares ese juego perverso de la explotación
de la discordia, sin que en realidad se avizore tierra firme.

Deshecha la conciencia, ya no hay espacio sino para las catástrofes.

Pese a ello, nadie desea ser sobreviviente de sombras fermentadas.

Nadie en este laberinto inmóvil.
Nadie en el abanico absoluto de las sombras.
Nadie sin boca ni palabras, telaraña de poluciones quemadas, desasido pájaro
del aire u oscuro vitral de fríos en el hueco de un quinqué que escruta tizne.

Resulta patético y feroz el héroe erigido tras el bostezo de la memoria.

En el ciempiés de la muerte y la Torre de Babel, la tragedia del invierno
lanza sus calles de acuarios y sus benignas plegarias de polvo.

Nos alarma la mosca amotinada del desenfreno, pero la epopeya fortalece
antes de que caigan sus edificios y la boca se acostumbre a la ebriedad.

Ellos sólo buscan la noche sin dar la extremaunción.
Ellos sin que los niños sonrojen sin ataduras.
Ellos que saben mentir y llenan de confeti los ojos y de sexo las manos.

Uno despierta con los ojos como pájaros muertos.

Siempre hay algo en el disfraz; y lo dicen las ojeras y el yo nauseabundo.

Como una cobija de gotitas cálidas, navego en este infierno
de pornografía e invoco, por si acaso, la ternura de los políticos…
Barataria, 2017

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