domingo, 11 de junio de 2017

HISTORIA DE OJOS

Pintura de Joan Miró, cogida de Printerest





HISTORIA DE OJOS




Y aquello que llamamos huella viviente, es el extravío del rostro ofrecido.
Desde la forma de la noche, el hangar sonámbulo de los caminos.

(El cuerpo no es la mente, si acaso su sombra, o la silueta que desea expandirse.)

En el cuerpo no sólo hay historia de mar y de palabras:
hay historias de pupilas que nos devuelven al granizo, manos vacías de sed
y aguas degolladas en la respiración.

(A veces es tan real la lluvia como el rostro cierto de los sueños en las cicatrices,
como los lugares que se pierden anticipadamente en la garganta,
como la gaviota de piedra que fracasa en una cerradura.)

No sirve el incienso para espantar los cuervos, ni el engrudo para sostener
los ojos, ni los puntos suspensivos para inferir la oscuridad,
ni los tizones para quemar el polvo que nos ofrecen los caballos de incendio
del ahogo en nuestras bocas.

En medio de la brisa, masticamos la historia de la muerte:

(Allí, el insomne aullido de sal con su granazón de huesos; el ojo flotante
del balbuceo, nos marca como un juego de azadones.
Sólo tiene sentido escribir en lo hondo de la noche y desarmar las heridas.)

Cada día nos tropezamos con un puñal de ataúdes y el ahogo de lo inmóvil.
Nos inunda esta eternidad de frío, ¿qué ventana cerramos para que no entren
los golpes y las aguas desmoronadas de la respiración?
Se marchita la gota que nos afirma. Alrededor los monumentos de la soledad,
y las bodegas de sal sobre la corteza del país.

Nos ahoga la cobija de estiércol de las semanas y los despachos
de los periódicos y los sótanos no esclarecidos de la carcoma.

Nunca acaba el oficio de los espejos, ni el martirio habitual de las bacinicas:
esta historia, la de los ojos, acaba siendo una inmolación perpetua…
Barataria, 2017

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